Tras la partida de Camila, Fernando tomó su teléfono y llamó a Doña Sofía.
—Abuela, voy a enviar a algunos guardaespaldas a la casa. Por favor, vigila bien a los niños.
—¿Qué pasó?
—No me fío de Camila.
Con solo escuchar ese nombre, la anciana se enfureció.
—¡Ay, muchacho, tus pecados son tantos que ni con toda el agua del mundo podrías lavarlos!
Y sin más, le colgó.
Fernando sonrió levemente. Sabía que con ese aviso, la anciana, que adoraba a sus bisnietos, no les quitaría el ojo de encima.
Isabel ya se había reincorporado a su trabajo.
A Doña Sofía le preocupaba que, si los tres hermanos mayores iban al jardín de niños y Felipito se quedaba solo en casa, el pequeño se pusiera inquieto. Era un niño difícil de consolar.
Así que decidió llamar a Isabel.
—Isabel, querida, ¿puedo consultarte algo?
—Claro, dígame.
—Estaba pensando en contratar a un tutor privado para que los cuatro estudien aquí en casa. ¿Te parece bien?
Isabel lo meditó un segundo y comprendió que dejar a Felipito solo no era la mejor idea.
—Me parece perfecto, no hay problema.
La seguridad de los niños era lo primordial.
Si iban al jardín de niños, no había garantía de que los maestros pudieran vigilar a Felipito en todo momento.
Sobre todo porque el niño seguía aferrado a Camila; si ella aparecía, nadie podría detenerlo.
—Gracias, mi niña.
—No tiene por qué agradecer, Doña Sofía. Sé que lo hace por el bienestar de los niños.
Al colgar, Isabel se quedó pensativa. Esconderse de Camila no era una solución a largo plazo.
¿Cómo podía obligarla a rendirse de una vez por todas?

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