Camila se acercó a la cama de Fernando.
Verlo postrado en esa cama de hospital la hizo sentir como si estuviera ante un extraño.
En su mente, él era un hombre invencible, alguien que jamás saldría lastimado y que siempre le resolvía cualquier problema.
Era la primera vez que lo veía tan vulnerable.
Bajó la mirada hacia los dedos de él, envueltos en gruesos vendajes.
Al pensar que, por proteger a Isabel, él había agarrado con sus propias manos el filo del cuchillo de Sara, el corazón de Camila sangró de dolor.
—Arriesgaste tu vida por Isabel, ¿verdad? ¡¿Acaso no te importó perder la mano?!
A juzgar por las heridas, Camila temía que los tendones estuvieran destrozados; ni siquiera era seguro que pudiera volver a usar su mano derecha con normalidad.
—Eso no es asunto tuyo —respondió él con frialdad.
Camila esbozó una sonrisa cargada de amargura.
—Fernando, antes nos llevábamos tan bien... ¿Por qué tuvimos que llegar a esto?
La angustia la consumía; cada día se le hacía insoportablemente largo.
—¿De verdad no lo sabes? —replicó él.
Con voz quebrada, Camila respondió:
—Sé que yo me equivoqué primero, pero, ¿acaso tú no tienes la culpa también? Apenas te casaste con Isabel y ya te estabas acostando con ella. Estuvimos juntos tantos años y jamás me tocaste. Yo también soy mujer, también siento. Si hubieras estado dispuesto a estar conmigo, ¿crees que habría buscado a otro hombre?
Fernando se quedó sin palabras.
La lógica de Camila le resultaba absurda.
Apartó la mirada, incapaz de soportar verla un segundo más.
Lo que salía de su boca le daba asco.
—Ayer me crucé con Isabel en la puerta de tu casa. Dijo que me va a demandar.
—Ese es su problema.
Camila intentó mantener la calma.
—Demandarme no le servirá de nada. Yo no sabía de la existencia de Felipito al principio; todo eso fue obra de mi madre. Cuando me amenazaste con demandarme, ¿sabes por qué aun así acepté tu trato?

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