—Isabel, ¿cómo te sientes? ¿Estás mejor? —preguntó Adriana con tono preocupado.
—Sí, un poco mejor. Estaba pensando en hacer un viaje al extranjero para despejarme. Nunca he ido a visitar a mi abuela materna, así que iremos a su casa. Pero viajar con cuatro niños es un caos, ¿crees que podrías acompañarme y ayudarme? ¿Tienes tiempo libre?
—¡Por supuesto! Cuenta conmigo.
Con todo lo que había pasado últimamente, a Adriana le alegraba muchísimo que su amiga quisiera salir y cambiar de aires.
—Mi abuela ya envió la invitación familiar. Esta tarde voy a tramitar las visas. ¿Nos acompañas?
—Claro, voy a pedir permiso en el hospital. Aún tengo vacaciones pendientes. Las pido y te alcanzo.
—Perfecto, nos vemos al rato.
Isabel colgó y le dedicó una sonrisa cómplice a Javier.
—Listo, ya tienes tu oportunidad. Ahora te toca a ti esforzarte.
El abogado no pudo evitar sonrojarse.
A pesar de su elocuencia en los tribunales, frente a la chica que le gustaba se volvía un manojo de nervios.
—Tener contactos ayuda mucho —bromeó él.
—¡Por supuesto!
Javier dudó un momento, pero al final decidió preguntar lo que tanto le inquietaba.
—Oye... sobre ella y Arturo... ¿qué tanto sabes?
—Hace mucho que no lo menciona. La verdad es que sus sentimientos por él son bastante complicados. Perdió a sus padres muy joven y él fue quien la crio. Se volvió tan dependiente que no sabía valerse por sí misma. Para ella, Arturo fue un padre, un hermano, y...
Isabel no quiso pronunciar la palabra "amante".
Esa dependencia infantil solía confundirse fácilmente con otra cosa.
Ese tipo de vínculo tan particular a menudo hacía creer a las personas que se trataba de amor.
En el pasado, el mundo de Adriana empezaba y terminaba en Arturo. No tenía amigos, vivía encerrada en su propia burbuja. ¿Cómo iba a saber qué era el amor de verdad?


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