—No tengo idea. Tal vez un día de estos aparezca de la nada. Javier, si de verdad te gusta esa chica, no le des tantas vueltas. Si no actúas ahora, te arrepentirás después.
Javier quería actuar, por supuesto.
Pero había investigado un poco sobre ese lazo entre ella y Arturo. Parecía un muro impenetrable; nadie había logrado colarse en ese mundo que compartían.
Tenía pánico de fracasar antes de siquiera intentarlo.
Cuando uno se enamora, el miedo a perder y la duda se vuelven el pan de cada día.
Todo por el pavor al rechazo.
—Supongo que lo intentaré.
—Cuida mucho de Isabel en este viaje. En cuanto me recupere un poco, iré a alcanzarlos.
Javier lo miró con incredulidad.
—¿Todavía no te rindes?
¿Cómo iba a rendirse?
Isabel era la mujer que había buscado, con la que siempre quiso casarse.
En la soledad de sus noches, su mente regresaba a aquel recuerdo del pasado.
Camila le había robado esos años, usurpando el lugar que le correspondía a Isabel.
No le había dado lo mejor de sí a la verdadera dueña de su corazón, ¿cómo podría darse por vencido?
—Jamás me rendiré.
—Yo creo que ella no va a dar marcha atrás, Fernando. Cualquier mujer en su lugar, después de lo que le hiciste, jamás te perdonaría. Es buena y de corazón noble; solo quiere el divorcio y ni siquiera ha intentado vengarse. Lo único que busca es paz y seguir con su vida. ¿Por qué te empeñas en atormentarla? ¿No pueden simplemente seguir cada uno por su lado?
¿Seguir por su lado?
Sin ella, ¿qué vida le quedaba?
¿Pasarse los días consumido por la culpa y el remordimiento?
No.
Incluso si le tomaba la vida entera, lograría que lo perdonara.

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