—Espera un momento. En cuanto mi madre salga de urgencias, pasaré a recogerlos para llevármelos a casa.
Ahora que Fernando estaba de regreso, era imposible que Isabel siguiera viviendo en La Casona de los Montero.
Gabriel se apresuró a intervenir: —En un rato te acompaño por los niños. Puedes llevarlos a vivir a nuestra casa; mis padres no los conocen, y estoy seguro de que se volverán locos de alegría al verlos.
—Gabriel Noriega, no digas tonterías. ¿Cómo crees que Isabel se va a ir a vivir con ustedes? ¡Su madre es la nuera de la familia Solís! —espetó Fernando.
Lo que decía Fernando era verdad.
Aún quedaban miembros de la familia Solís, y ahora que sabían que la madre de Isabel estaba viva, sin duda irían a buscarla.
—Fernando.
Isabel lo tomó del brazo y lo jaló hacia el fondo del pasillo.
—¿Podrías medir tus palabras? ¿Es necesario que metas el dedo en la llaga de esa manera?
—Lo que digo es muy serio. Javier podría no involucrarse por ser menor, ¿pero acaso tu tía Julia se va a quedar de brazos cruzados? Ese tal Gabriel te invitó a su casa con demasiada prisa, ¿qué intenciones tiene? ¿Acaso quiere poner a la familia Solís en tu contra?
Isabel se explicó: —Las cosas no son como piensas. Ella formó otra familia porque perdió la memoria tras el accidente, no porque haya decidido abandonarnos a propósito.
Ella acababa de ser testigo de ello.
Solo le bastó con decir que era abogada para que a su madre le empezara a doler la cabeza.
Su verdadero padre había sido abogado.
Eso significaba que la esencia de su padre seguía oculta en la memoria de su madre, aunque no pudiera recordarlo con claridad.
Y luego, al mencionar la muerte de él, se había desmayado directamente, terminando en urgencias.
—Sin importar la razón, la familia Solís definitivamente querrá explicaciones. Te prohíbo que vayas a la casa de los Noriega.
—Ni siquiera estaba planeando ir allá; recogeré a mis hijos e iré a la casa de los Solís. Pero quiero que sepas que Gabriel y su padre han sido maravillosos con mi madre. Exijo que seas más cortés con ellos.
A Fernando le encantaría ser cortés, pero simplemente no podía.
Su abuela ya le había advertido que Gabriel era un hombre muy atractivo y distinguido.
Y tras verlo en persona, no podía negarlo.
Si Gabriel, además, contaba con el respaldo de la madre biológica de Isabel, la posición de Fernando como prospecto corría grave peligro.

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