Capítulo 10 – Ruido en la Puerta
El viento aullaba entre las torres de acero y cristal del corporativo, arrastrando consigo las primeras hojas secas de una primavera que aún no se animaba a llegar, como si el cambio de estación también dudara en tocar un edificio donde la esperanza parecía haberse extraviado entre memorandos y renuncias. En el piso 23 del edificio Castell, el aire acondicionado zumbaba , más parecido al murmullo de un lamento que a la comodidad habitual, mientras los ventanales reflejaban una ciudad que, desde la altura, parecía avanzar sin él.
Adrián estaba de pie frente a la imponente pared de vidrio que dominaba todo el horizonte urbano, con los hombros vencidos hacia adelante, la mandíbula apretada y las manos escondidas en los bolsillos del pantalón; la camisa blanca se le pegaba al cuerpo por la tensión acumulada, con los últimos botones mal cerrados y el nudo de la corbata colgando a medio desatar como símbolo del caos que había decidido no enfrentar. Su reflejo, impiadoso y detallado, le devolvía la imagen de un hombre que ya no era el CEO seguro y estratégico que había construido Castell Group; ahora era apenas una sombra de sí mismo, sostenido por informes arrugados y números que descendían con la misma velocidad que su convicción.
Los golpes que venía recibiendo hace semanas no eran solo financieros: dos jefes de laboratorio habían renunciado, argumentando “diferencias irreconciliables con el enfoque del proyecto”; las juntas médicas eran una sucesión de diagnósticos sombríos; los inversores, cada vez más nerviosos, exigían decisiones inmediatas; y él, entre todo ese derrumbe, solo encontraba claridad en los márgenes anotados a mano por una mujer que ya no estaba en su vida… pero cuya ausencia lo habitaba como una segunda piel.
—¿Dónde está tu esposa ? —preguntó Isabel Castell desde el umbral de la oficina, sin disimular ni el juicio ni la rabia en su tono, vestida de gris oscuro con un abrigo cruzado que realzaba aún más la severidad de su figura, mientras un broche antiguo de perlas colgaba de su solapa como único atisbo de calidez.
Adrián no giró, pero su respiración se alteró apenas, como si esa sola pregunta fuera suficiente para arrastrarlo aún más al abismo.
—Ahora, no lo sé —respondió con la voz rasposa por la falta de sueño, los labios resecos y la culpa acumulada como sal bajo la lengua.
Su madre avanzó sin permiso, sus tacos resonando sobre el mármol con una autoridad construida a lo largo de décadas. Se detuvo frente a él, con los brazos cruzados, el rostro endurecido por una mezcla de decepción y furia contenida.
—¿Qué le hiciste, Adrián? ¿Qué clase de monstruosidad cometiste para hacer que esa mujer ejemplar ,se fuera sin mirar atrás? ¿Cómo lograste destruir a la única persona que te amaba sin pedirte nada a cambio?
Adrián apretó los ojos con fuerza, sintiendo cómo esas palabras atravesaban su defensa más firme.
—Esta embarazada, mamá y le dije que vos sabías .
—¿Van a tener un bebé? Y no me lo dijiste.
Todavía le mentiste —continuó Isabel, su voz temblando—. ¡Le dijiste que yo sabía del embarazo!
Entonces fue como si el piso se le moviera bajo los pies. Adrián se tambaleó apenas, sin llegar a caer, pero el gesto bastó para que su madre lo viera como lo que era: un hombre derrotado por sus propias decisiones.
—Sí —susurró él, con un nudo desgarrador en la garganta—. Sí, lo dije. ¡Que si no volvía conmigo, se lo íbas a sacar!
Isabel lo miró, incrédula.
—¡¿Que?!¡¿De verdad usaste mi nombre, mi relación con ella, para manipularla?!
—Estaba desesperado, mamá… No sabía qué hacer. Me enteré del embarazo… y no supe cómo manejarlo. En vez de decirle que lo sabía… le pedí que volviera a la empresa. Como si eso solucionara algo. Como si volver a trabajar a mi lado fuera suficiente para tenerla otra vez en mi vida . ¡Una estupidez tras otra he hecho!
Isabel dio un paso atrás, como si le ardieran las palabras.
—¡¿Y después qué hiciste?!
—Cuando me dijo que no —continuó él, la voz cada vez más rota—, cuando me dejó claro que no quería volver conmigo… le dije que vos lo sabías. Le dije que si no volvía, vos ibas a ayudarme a pelear por la tenencia y en ese momento… lo vi en sus ojos. Mamá, lo vi. Se desilusionó de vos. Sintió que la habías traicionado. Que eras parte de todo esto.
El rostro de Isabel cambió. De la furia pasó al dolor.
—¿Cómo pudiste…? ¡¿Cómo se te ocurrió involucrarme a mí, sabiendo lo que ella significa para mí?! ¡Sofía es mi hija! ¡Mi familia! ¡Yo la elegí, Adrián! ¡Y vos… vos la destruiste con tus propias manos!
—La amo, mamá —confesó él en voz baja.
—¿Y recién ahora lo decís? ¿Después de arrastrarla por el barro? ¿Después de dejarla embarazada y en soledad mientras llevás a esa actriz de opereta por el mundo como si fuera una víctima?

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