Capítulo 9 – La Mentira en Primera Clase
El rugido grave de los motores del jet privado se filtraba como un zumbido constante en el silencio hermético de la cabina, envolviendo el ambiente en una atmósfera de lujo cuidadosamente diseñada, pero incapaz de disimular la tensión latente entre los dos pasajeros principales.
Adrián Castell iba sentado junto a la ventanilla, con el cinturón de seguridad ajustado y los hombros tensos. Tenía la espalda apenas recostada en el respaldo de cuero beige que, en lugar de aliviar su cansancio, lo hacía más notorio. La mandíbula contraída, los párpados pesados por el agotamiento acumulado, y una taza de café intacta sobre la bandeja extensible frente a él completaban el cuadro de una figura vencida.
A su lado, Valeria Montesino lucía impecable. No parecía que estuviera tan gravemente enferma como dicen los estudios médicos que le mostró. Vestía un conjunto de cachemira beige que delineaba su figura con elegancia medida, el cuello ligeramente caído sobre el hombro derecho, dejando ver una clavícula definida. Su peinado, estructurado al detalle, no se movía a pesar de la presión del aire en la cabina, y el maquillaje, sutil pero preciso, resaltaba unas pestañas larguísimas, labios suaves y mejillas con apenas un rubor natural. En sus manos reposaba una revista de moda francesa que hojeaba con desinterés. A un lado, el informe médico del día, sin anomalías, permanecía cerrado.
Esa mañana, Valeria había fingido otra crisis. Un colapso emocional con llanto suave, temblores perfectamente medidos y una ansiedad calculada al detalle. Los médicos , una vez más, no encontraron nada. Ella solo había dicho, con una voz temblorosa y la mirada vidriosa:
—Necesito irme, Adrián. Esta ciudad me ahoga. No puedo seguir aquí.
Y ahora, sobrevolaban el cielo europeo rumbo a Suiza. Ella encantada con el cambio de aire. Él, atrapado en un exilio dorado del que deseaba huir.
—Estás muy callado Adri. —comentó Valeria, girando apenas el rostro hacia él, con una sonrisa sutil y las piernas cruzándose con la lentitud de quien domina cada gesto—. ¿Es por el trabajo o por esa… que te tiene atormentado?
Adrián no contestó. Apoyó el codo en el apoyabrazos, cerró los ojos con un suspiro contenido y se frotó la frente con dos dedos. La migraña pulsaba, intensa, pero lo que realmente lo golpeaba era más profundo. Era la suma de todas las elecciones que lo habían traído hasta ese asiento. Todo era su culpa.
Valeria dejó la revista a un lado, la acomodó como si todavía le importara, y se inclinó hacia él con una voz melosa, casi maternal.
—Sé que estás estresado… pero esto también me afecta a mi, Adrián. No es fácil estar enferma y sola. Vos sos lo único que me sostiene. Siempre lo fuiste. Incluso cuando “esa mujer” se metió entre nosotros.
Esa mujer. Sofía. Otra vez.
No pronunció su nombre, pero retumbó en su pecho con fuerza.
Adrián abrió los ojos, lento. Su mirada no tenía rabia, tenía hartazgo.
—No hablés así de ella —dijo sin elevar la voz, pero con un tono que cortó el aire—. No vuelvas a hablar de Sofía como si fuera basura. Porque la única mujer que se ha metido entre ella y yo todo este tiempo… fuiste vos.
Valeria parpadeó. Primero confundida. Luego herida. Finalmente ofendida. Se incorporó.
—¿Qué estás diciendo?
Adrián se levantó de golpe. Su chaqueta cayó al suelo con un golpe sordo. Caminó hacia el minibar, se sirvió un vaso de whisky y lo bebió entero. No la miraba.
—Estoy diciendo que estoy harto. Harto de tus escenas. De tus manipulaciones. De tus frases disfrazadas. Sofía no se fue porque sí. Yo la empujé a hacerlo y vos te encargaste de cerrar con llave la puerta.
—¡Ahora resulta que la extrañas a esa… esa mujer! —gritó Valeria, su voz temblando de furia, las manos tensas sobre los apoyabrazos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Doctora Invisible