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Domando a un millonario romance Capítulo 2

~Ivette~

Fregaba la ropa con coraje en la batea. Le daba duro, la sobaba con fuerza, como si tuviera la cara de ese hombre estampada ahí. La apretaba, la restregaba con más ganas de lo normal. Todo por su culpa. Por él fue que mi abuela me mandó a lavar, y yo detestaba eso porque se me pelaban las manos. Hubiera preferido mil veces estar metida entre los matojos del jardín del patrón, sacando la maleza o cortando las ramas secas.

—Maldito —pensé toda encendida por dentro.

¿Quién se creía ese tipo para hablarme así? Si hasta le pedí disculpas. ¡Yo qué iba a saber que iba a cruzarse justo cuando yo iba pasando! Se me metió en medio, no fue mi culpa.

—Estos ricachones, todos finitos, todos delicaditos —mascullé entre dientes.

El único que me caía bien era el viejito dueño de la casa. Ese sí era buena gente. Los demás que venían eran unos engreídos que nos miraban como si fuéramos bichos. Pero el abuelo era distinto, él sí tenía corazón, bien noble el señor.

—No puedo creer que hayas hecho una burrada así —me soltó una de las muchachas que lavaba conmigo—. ¡Si es el nieto del patrón! ¿Cómo se te ocurre responderle?

—Ay, chismosa, ¿Me estabas oyendo o qué?

—Pues escuché un pedacito —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Y lo viste bien? Está que se cae de guapo. Yo sí quisiera casarme con uno como él. Lo tiene todo.

—Bah, sigue soñando —resoplé—. Nosotras para ellos no valemos ni un suspiro. Somos como pulgas, y si por casualidad una de nosotras llama la atención de uno de esos, lo más seguro es que nos tengan como adorno, un juguetico.

—Eres muy negativa, oye. Déjame soñar un poco, ¿no?

—No soy negativa, soy realista.

Ella puso los ojos en blanco, y yo seguí dándole a la lavada. La ropa blanca era la que más fastidio me daba… siempre con manchas, siempre con alguna porquería pegada. Era un enredo dejarla bien. Lavé, enjuagué y teñí como me enseñó la abuela. Al final, me sequé las manos en el delantal, ya todas rojizas y picadas por tanto jabón.

Salí de la lavandería sonriendo, casi dando brinquitos de lo contenta que estaba por haber acabado. Ya me iba derechito para los jardines, que era lo que de verdad me gustaba. Sacar los bichos que se comían las rosas del patrón me relajaba. Pero no alcancé ni a llegar, porque la abuela me salió al paso. Estaba parada justo en la puerta, con las manos bien plantadas en la cintura.

—Ya terminé —le dije, levantando las manos—. Si quiere, vaya y mire.

Pero ella no dijo nada. Tenía esa cara seria, rara... como cuando me iba a soltar una noticia que no me iba a gustar.

—Ven conmigo —dijo nada más, y se dio la vuelta, sin darme chance de preguntar nada.

Yo la seguí callada, como borreguito en fila. Es que cuando la abuela se ponía así, no había más que obedecer. Era brava la señora, y si se enojaba, me jalaba la oreja hasta dejarla colorada. Pero por suerte, esta vez no venía con castigo en mano.

La miré raro cuando llegamos al cuarto de descanso que el patrón nos prestaba solo para nosotras dos. La abuela fue directo al escaparate, lo abrió y sacó un vestido. Me le quedé mirando, parpadeando como gallina viendo cuchillo.

—¿Y eso qué es? —le pregunté, confundida—. Abuela, estás actuando raro, ¿qué pasa?

—Alístate para esta noche —me dijo seria—. Vas a cenar en la mesa del patrón.

Abrí los ojos como si me hubieran echado agua fría.

—¿¡Qué!? —grité—. No, no, no. ¿Estás jugando, cierto? Porque mírame bien, abuela —me señalé de arriba abajo—. Soy yo, Ivette, la misma de siempre, con este trapo viejo encima. La nieta de la lavandera, ¿no te acuerdas? ¿Cómo se te ocurre decirme eso? Sí, el patrón ha sido buena gente, pero nunca nos hemos pasado de la línea.

—No estoy jugando. Es lo que él mandó a decir.

—¿Y por qué? ¿No te dijo para qué o por qué? Encima va a estar ese cara dura del nieto. Sabes bien que desde que me habló como si fuera basura, se volvió mi enemigo número uno.

—¡Cuida lo que dices, Ivette! Ese es el nieto del patrón, que no se te olvide. Y además, tú también fuiste grosera.

—¡Pero si él empezó! ¡Yo hasta le pedí disculpas!

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