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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 1202

Adela no esperó a que él respondiera; se dio la vuelta, subió al auto de lujo que estaba al lado y se fue. Andrea llevaba un rato sentada en el asiento del copiloto del auto de Sergio, esperándolo. Durante todo el trayecto, dentro del auto reinó silencio.

Andrea notaba que Sergio no estaba de muy buen ánimo. Supuso que debía de ser por algo que Adela le había dicho hacía un momento.

—Perdona la molestia de que me lleves a casa, de verdad lo siento.

Andrea se retorcía las manos y buscaba algo de qué hablar. Sergio, concentrado en manejar, respondió con tono tranquilo y distante:

—No es nada, me queda de camino.

Hizo una pausa y continuó:

—Por suerte llegaste a tiempo esta noche y a mi abuela no le pasó nada grave. Gracias.

Andrea sonrió con dulzura:

—Pase lo que pase, somos amigos, no tienes por qué ser tan formal. Además, entre doña Herminia y yo hay cierta afinidad, y ella también es muy buena conmigo. Solo hice lo que me correspondía.

Sergio murmuró y no volvió a hablar.

Así siguieron hasta que llegaron a la entrada de la casa de la familia Estrada. Andrea le dio las gracias y se dispuso a bajar. Pero, sin saber por qué, por más que lo intentaba no lograba desabrocharse el cinturón de seguridad; parecía atorado.

Se puso algo nerviosa y también un poco apenada:

—Creo que no se desabrocha.

Sergio se inclinó hacia ella para desabrocharle el cinturón. En efecto, estaba atorado. Se acercó hasta quedar frente a ella y tiró varias veces antes de lograr soltarlo. Pero, vistos desde fuera del auto, en esa postura parecían estar besándose.

La escena resultaba de lo más sugerente. Andrea sintió la respiración de él muy cerca y el corazón se le aceleró.

Se sonrojó.

—Gracias. Yo... ya me voy.

Sergio se quedó serio. No le pareció que el momento que acababan de compartir hubiera tenido nada de especial, y volvió a acomodarse en el asiento del conductor con la espalda erguida y elegante.

—Está bien.

Andrea bajó del auto y se despidió de él. Sergio arrancó sin dudar y regresó a toda prisa a su casa. Iba tan rápido que, en un abrir y cerrar de ojos, Andrea dejó de ver las luces traseras de su auto.

Al mismo tiempo, la sonrisa se le borró de los labios y un destello le asomó en la mirada. Mauricio salió de detrás de la puerta.

—Vaya, sí que eres buena. Lo calculaste todo. De verdad te trajo hasta aquí.

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