Capítulo 68 Esa noche Vanessa estaba de muy buen humor, así que se tomó un par de copas de vino tinto. Por desgracia, no resistía mucho el alcohol y al poсо tiempo ya se sentía algo mareada.
Se levantó de la mesa, pero casi no podía sostenerse. Con la cara roja, se apoyó en la silla para mirar a Rafael; lo veía tan borroso que le parecía que el sujeto tenía varias sombras.
—¡Guau! Tienes muchas cabezas... —Ella empezó a contarlas muy en serio y se rio con la mirada perdida.
—Solo tengo una —respondió Rafael. Llevaba puesta únicamente una camisa blanca que lo hacía ver impecable y profesional—. Tomaste de más.
Vanessa agitó la mano y contestó con voz suave y balbuceante:
—Para nada, aguanto muchísimo...
Al hacer ese movimiento, perdió el equilibrio y gritó mientras se iba de lado.
—¡Ah!
Rafael reaccionó y se acercó a ella para sostenerla con fuerza por la cintura, atrayéndola hacia su pecho. En ese mismo instante, la frente de Vanessa chocó contra su pecho. Se quejó un poco por el golpe con un gemidito.
—Me dolió...
Vanessa se talló la frente y lo miró con reproche, con sus grandes ojos vidriosos. El borde de sus párpados, sus mejillas y hasta sus pupilas tenían un tono rojizo por el vino. Parecía una gatita borracha; se veía tierna, pero con un toque salvaje.
—Estás ebria —dijo Rafael mientras le acariciaba la frente y la sujetaba de la espalda para que no se cayera.
Ella levantó la cara para mirarlo. Parecía que le costaba mucho esfuerzo mantener la postura, así que apoyó el mentón en su pecho y lo abrazó con fuerza mientras entrecerraba los ojos con atención.
—Qué guapo eres... ¿Por qué no me había dado cuenta antes de que eras tan atractivo? —murmuró ella, dejando escapar su aliento cálido sobre el cuello de Rafael.
El suave perfume de ella mezclado con el aroma del vino empezó a jugarle una mala pasada a los nervios de Rafael. Él tragó saliva con dificultad y dijo con voz algo ronca:
—Vanessa, pórtate bien.
Vanessa sintió un miedo repentino y le tomó la mano por instinto. Con la cara roja y la mirada perdida, le suplicó en voz baja:
—No te vayas, no me dejes sola.
Su mamá se había ido, su papá también. Incluso Alexis, a quien amó por cinco años, nunca le había entregado ni un poco de cariño sincero. Se sentía como si la hubieran abandonado; tenía mucho miedo y se sentía muy sola.
Al ver que estaba a punto de llorar, a Rafael le dolió hasta el alma. Se inclinó hacia ella y le preguntó con ansiedad:
—¿Por qué lloras?
Vanessa se quedó con la mente en blanco. Miró los labios de él por un segundo, rodeó su cuello con los brazos y lo besó.
Rafael vio la cara de ella tan cerca que sintió que el corazón se le detenía.

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