Las pupilas de Quinn se dilataron y la incredulidad se reflejó en su rostro. El guardia, nervioso, volvió a tapar la boca de Marley con la mano y la arrastró hacia la puerta.
—¡Alto! —ordenó Quinn. El guardia se detuvo en seco.
Sin apartar la mirada, le dijo a Julius:
—Suéltame.
Sin embargo, él siguió abrazándola con fuerza.
—Quinnie, no… —comenzó a decir él. Ella le soltó las manos y se liberó de su abrazo.
Julius retrocedió dos pasos tambaleándose, tratando de bloquearle el paso, pero en el momento en que sus miradas se cruzaron, vaciló. Su voz llenó la habitación.
—Julius Whitethorn, pase lo que pase, escucharé a Marley y tomaré mi propia decisión.
Él se quedó rígido, como si la sangre de su cuerpo tuviera la cualidad de convertirse en hielo, y solo pudo ver cómo ella se acercaba a Marley.
«No. Por favor, no des otro paso, Quinnie. Detente… ¡Detente!».
El grito resonó en su cabeza, pero su garganta parecía sellada; no pudo emitir ningún sonido. Quinn se detuvo frente a Marley y se dirigió al guardia:
—Quita la mano.
El guardia dudó, buscando en Julius unas órdenes que nunca llegaron. Quinn agarró la muñeca del guardia, le separó los dedos y se volvió hacia Marley.
—¿Quién iba en el asiento trasero?
—¡Ja! Podría decírtelo cien veces si quieres. Quinn, el hombre del asiento trasero era Julius Whitethorn. Condenaste a Sidonie Stonehurst por ser testigo de una muerte, y ahora sabes que Julius hizo lo mismo. ¿Cómo te hace sentir eso? —La risa de Marley estaba cargada de veneno. Ya había quemado sus naves, así que no le importaba arrastrar a los demás con ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Despertar de la Reina Militar Divorciada