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El Despertar de la Reina Militar Divorciada romance Capítulo 364

Otro estallido resonó, tan nítido y despiadado como el hielo rompiéndose en pleno invierno.

—¿Así que ese es tu plan: seguir los pasos de tu padre y obligar a un niño a crecer cargando con tus cicatrices? —La voz de Quinn era gélida, cada palabra era una navaja.

Julius se quedó paralizado. Su columna vertebral se puso rígida como un poste y el color huyó de su rostro en un solo y brutal latido. Había vivido jurando, con cada aliento, que no se parecía en nada al hombre que lo había engendrado. Sin embargo, apenas unos instantes antes, casi había actuado igual que lo habría hecho su padre.

—Pero tú… tú no eres mi madre. Tú nunca elegirías la muerte como ella lo hizo, ¿verdad? —Los labios de Julius temblaban mientras susurraba la súplica.

—Tienes razón, no soy tu madre y no voy a acabar con mi vida por nadie. Si me presionas, Julius, o abortaré o desapareceré con el niño, tan lejos que nunca nos encontrarás —dijo con frialdad.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y el aliento se le atascó en la garganta, como si unas manos invisibles lo estuvieran estrangulando. A diferencia de su madre, Quinn no se entregaría a la muerte. En su lugar, forjaría un nuevo camino, uno que lo aniquilaría por completo.

«¿Estoy condenado a perseguirla para siempre, deseando lo que nunca podré tener?».

—¿De verdad odias tanto la idea de volver a estar conmigo? —La desesperación que inundaba sus ojos era casi dolorosa de ver.

—Detesto que me obliguen. Si tengo un hijo o no es mi decisión, nunca la tuya. Julius, no soy tu madre, y debes dejar de intentar convertirte en tu padre.

Él bajó las pestañas y dejó que la oscuridad cubriera sus ojos.

—Ja… Jajaja… —La risa que brotó de sus labios era entrecortada, derrotada, como si se estuviera riendo del funeral de sus propias esperanzas.

Volvía a ser un niño, de vuelta en aquella mansión asfixiante, donde cada latigazo del cinturón de su padre le marcaba el mismo veredicto: inútil, sin valor, incapaz incluso de mantener con vida a su madre. Había jurado que nunca se convertiría en ese hombre. Y, sin embargo, allí estaba, convirtiéndose en el hombre que más odiaba.

—¿Julius? —Quinn lo observaba, y la visión de su sonrisa rota le provocaba un dolor que no podía nombrar.

Ella conocía sus heridas, había rastreado sus cicatrices con la mirada. Pero la comprensión no era el perdón, y nunca lo sería si él intentaba aprisionarla. Ninguna piedad por un niño maltratado podía justificar la persona en la que había elegido convertirse.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Julius abrió los ojos. La desesperación había desaparecido; en su lugar, había una quietud árida y vacía. Era la misma nada que había visto la primera vez que se encontraron.

—Muy bien, Quinn. No te pondré la mano encima y no te obligaré. Si decides no quedarte a mi lado, dejaré de perseguirte. Como dijiste antes, a partir de aquí seguiremos caminos separados.

Apenas había terminado de pronunciar la última palabra cuando Julius se levantó del borde del colchón. No miró atrás a Quinn. Silencioso y rígido, salió directo del dormitorio.

En el silencio que siguió, la habitación parecía una caverna, y la quietud se apoderó de ella hasta que Quinn pareció ser la única alma en la tierra. Tumbada boca arriba, Quinn dejó escapar un largo y tembloroso suspiro de su pecho.

«Deberías sentirte aliviada».

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