Quinn respondió con una sonrisa firme.
—Quedándome a tu lado y dejando que el tiempo hable por mí. Si te apresuras a alejarme, nunca sabrás lo profundo que es mi amor. ¿No sería una lástima?
Un escalofrío apenas perceptible recorrió a Julius. Sus palabras fueron como una piedra lanzada a un estanque sereno, agitando su curiosidad y enviando olas de profundo anhelo a través de su corazón ya cauteloso. Quería, no, necesitaba saber la profundidad del amor de esta mujer. Julius la miró fijamente a los ojos.
—Tiempo, ¿eh? ¿Cuánto tiempo necesitas, entonces?
—Seis meses —respondió Quinn sin pestañear. Era el plazo que le había prometido a Rowan, el medio año en el que Julius donaría sus células madre a Lena.
Seis meses, pensó, serían suficientes para que Julius viera que sus sentimientos eran auténticos, basados en el amor y no en la culpa ni en la esperanza de «salvar» a Lena. Solo si ella demostraba un afecto profundo y constante, la inquietud interna de él podría al final aquietarse, dándole la confianza para creer en el amor de ella.
—Seis meses es demasiado tiempo —replicó Julius.
—Entonces, ¿cuánto tiempo quieres? —preguntó ella, tomada por sorpresa.
—Un mes —dijo él con determinación—. Eso es todo lo que te voy a dar. Si en treinta días puedes demostrarme que tu amor por mí es suficiente, volveremos a estar juntos. Si no lo consigues, no quiero volver a verte nunca más.
«En treinta días, mi red de informantes podría localizar el paradero de mi padre. Una vez capturado, Quinn ya no correría peligro. Tanto si seguíamos juntos como si no después de eso, nadie se atrevería a ir a por ella. Sí… Ese es el mejor plan».
—Un mes es muy poco tiempo. Dame al menos tres —replicó Quinn, negociando con dureza.
Dada la resistencia actual de Julius, dudaba de poder ablandar su corazón en solo treinta días.
—Solo te doy un mes, Quinn. Ese es el tiempo que estaré en Celosia. Si no logras demostrar tu valía, todo habrá terminado entre nosotros cuando regresemos a casa.
—Está bien —dijo ella por fin, aunque su voz delataba su renuencia.
«¿Un mes? Que así sea».
Estaba decidida a aprovechar al máximo esos treinta días. Si, a pesar de todo, no funcionaba, consideraría el siguiente paso al volver a casa. En última instancia, podría suplicarle a Gavin que le diera uno de sus brebajes más «especiales» y ver si la química podía influir en aquel hombre tan terco.
—Entonces, durante el próximo mes, ¿puedo mudarme contigo? —preguntó ella.
—Haz lo que quieras —murmuró él.

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