Mientras tanto, en el Estado de las Sombras había cadáveres en charcos de sangre. Con facilidad se podía sentir el olor a sangre desde cientos de metros antes.
Miembros de la Familia Salgado y la Secta de la Tormenta, habían sitiado el Estado de las Sombras.
En ese momento, menos de veinte hombres estaban de pie, protegiendo a Colín y a Leviatán. El Estado de las Sombras caería en cualquier momento, si la Familia Salgado y la Secta de la Tormenta continuaban con la invasión.
—Leviatán, nos conocemos desde hace décadas, sin embargo, tú, el maestro del Estado de las Sombras decides estar del lado de Jaime. Desde ese momento nos hiciste tus enemigos, ¡no me culpes si no tengo piedad contigo! —Stefano miró a Leviatán, mientras lo señalaba con su espada.
Todo el infierno se desató, cuando Stefano se enteró que Jaime había matado a su hijo en la tumba ancestral, pero tenía miedo de vengarse, ya que Jaime estaba en el Ministerio de Justicia. Stefano tampoco se atrevió a ponerle un dedo encima por el Señor Salazar.
Sin embargo, él no dejaría esto así. Por eso fue hasta la Alianza de Guerreros y quiso que Sion le diera algunas sugerencias de cómo proceder. Zacarías, de la Secta de la Tormenta, tuvo la misma idea. Cuando averiguó que Jaime había asesinado a Celio, su único hijo; él también se puso en contacto con la Alianza de Guerreros.
Sion aprovechó la oportunidad para consolar a las dos familias y ganar su confianza. Cuando Jaime se negó a entregarle la pintura, Sion incitó a Stefano y a Zacarías para que lanzaran un ataque en el Estado de las Sombras.
Ya que Sion tenía acceso a la información de todas las familias influyentes y sectas en Ciudad de Jade, sabía que Jaime, correría a ayudar al Estado de las Sombras por lo cercanos que eran.
—¡Déjate de tonterías, Stefano! ¡Vamos! —Leviatán, quien estaba tranquilo ante las amenazas de Stefano, lo miró a los ojos.
—Sé que no tienes miedo a morir, pero, ¿qué tal tu hijo? Llama a Jaime ahora y has que venga al Estado de las Sombras. Solo entonces podríamos considerar dejarte ir. No queremos matarte, ni a tu hijo. ¡Hoy nuestro objetivo es Jaime! —dijo Zacarías en un tono gélido.
—No lo llamaré. Aún si consiguen que Jaime venga, ¡ustedes dos no son rivales para él! —Leviatán tenía plena confianza en Jaime.
Zacarías le respondió con un frío resoplo:
—¿De verdad piensas que no podemos encargarnos de él? ¡Parece que has sobrevalorado la habilidad de ese hombre!


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