La mirada de Colín estaba llena de resentimiento. Estaba furioso consigo mismo, por no ser lo suficiente hábil, por pasar su tiempo satisfaciendo placeres carnales, en lugar de trabajar duro en la cultivación, y por no poder hacer algo más por el estado.
—Antes de matar a Jaime, primero los mataré a ustedes.
Zacarías empujó su palma hacia afuera de nuevo. Sin embargo, Stefano lo detuvo y dijo:
—Esperemos hasta que Jaime venga. De forma deliberada le permitimos a ese miembro del Estado de las Sombras que huyera. Estoy seguro de que él ya reportó lo que sucedió.
Zacarías bajó el brazo y miró tanto al padre como al hijo furioso.
—Bueno, les permitiré vivir un poco más.
En ese momento, una voz estruendosa sonó a lo lejos. Esta contenía una energía espiritual terrible, tanto, que al instante hizo que los guardias afuera del Estado de las Sombras colapsaran sobre el piso.
Pese a ser parte la Secta de la Tormenta o la Familia Salgado, aquellos guardias eran solo miembros ordinarios, cuyas capacidades eran las de un nivel de Gran Maestro. Mientras la voz de Jaime retumbaba por el aire, muchos, al instante, cayeron muertos en el suelo.
—¿Jaime?
Zacarías y Stefano miraron a Jaime al mismo tiempo. A pesar de ver que este se abría camino por la entrada, ninguno se atrevió a decir algo, y, en su lugar, lo dejaron pasar.
La imagen de incontables cuerpos sin vida, yaciendo en el estado y el hedor acre de la sangre en el aire, golpearon los sentidos de Jaime. Sus ojos comenzaron a enrojecerse de la furia, y su cuerpo ya no pudo contener su aura.
—Jaime, ¿cómo te atreves a aparecer aquí, después de matar a mi hijo? ¡Hoy voy a vengarlo! —Zacarías miró a Jaime.
—No solo maté a tu hijo, también te mataré a ti y acabaré con toda la Secta de la Tormenta.
La voz de Jaime era fría y apática, casi como si saliera de las profundidades del infierno.
—¡Qué tonto imprudente! ¡Golpéenlo! —gruñó Zacarías mientras movía una de sus manos.
—Jaime…
La esperanza inundó a Colín y a Leviatán, cuando vieron que Jaime apareció. Este último caminó hacia ellos. En ese momento, nadie se atrevió a detenerlo.
—No debieron hacerles daño a ustedes.
El ver a Colín ya Leviatán empapados de sangre, solo hizo que un intento asesino rodeara con más intensidad a Jaime.
—Señor Casas, es un gran honor estar a su servicio. Es una lástima… —Los ojos de Leviatán se llenaron de lágrimas—. Es una lástima que el Estado de las Sombras haya sido destruido. Me temo que ya no seré capaz de trabajar para usted nunca más.
—Siempre podremos volver a edificarlo. De ahora en adelante, las propiedades de la Secta de la Tormenta y de la Familia Salgado también le pertenecerán al Estado de las Sombras. Haré que el mundo de las artes marciales en toda Ciudad de Jade se entere. El Estado de las Sombras es ahora mío, y nadie puede ponerle un dedo encima.
Al dejar de hablar, Jaime se dio la vuelta, su mano derecha resplandecía, y al instante, la Espada Matadragones apareció en su mano.

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