Al ver como su matanza despiadada había cobrado las vidas de casi todos sus discípulos, de pronto, Stefano se detuvo y gritó:
—Miembros de la Familia Salgado, ¡escúchenme! A nadie se le permite huir. ¡Quédense conmigo y maten a Jaime!
Tan pronto como sus palabras fueron escuchadas, muchos hombres de la Familia Salgado se detuvieron. Varios de los Grandes Maestros de las Artes Marciales de mayor edad, se reunieron alrededor de Stefano.
Al siguiente segundo, Jaime balanceó su Espada Matadragones, y su energía explotó en cada dirección, como una tormenta que se avecina, matando al instante a muchos de los discípulos de la Familia Salgado.
Un estallido dorado brilló tanto al rodear a Jaime, que cegó los ojos de todos. Unas escamas resplandecieron rodeando su cuerpo como una armadura. Parado sobre los cadáveres, Jaime lucía como el Heraldo de la Muerte, y, en un instante, quedó ante Stefano.
Ya frente a Jaime, la expresión de Stefano se amargó. A pesar de tener a varios Grandes Maestros de las Artes Marciales a su lado para protegerlo, aún sentía que su corazón palpitaba con vigor. Sin embargo, sabía que huir ya no era una opción; él tenía que pelear hasta la muerte.
Tomando un fuerte respiro para suprimir el inmenso temor que lo embargaba desde lo más profundo de su ser, Stefano dijo con frialdad:
—Jaime, no solo mataste a mi hijo, también a mis discípulos. ¡Hoy pelearé contigo hasta la muerte!
Jaime, quien no mostraba ninguna emoción, le contestó sin prisa:
—Eres indigno de pelear conmigo. Uno solo de mis golpes te matará de inmediato.
Mientras hablaba, una inmensa aura se elevó de todo su ser. La explosión de energía espiritual muy pronto reunió una fuerte ráfaga de torbellino, haciendo que Stefano y los otros miembros de la Familia Salgado sintieran que su corazón se detenía por un momento.
—Jaime, tal vez deberíamos hablar primero.
Sintiendo la ira arder dentro de Jaime, Stefano pensó que era más sabio llegar a un arreglo.
—¿De qué podríamos hablar? —se burló Jaime e hizo a un lado su espada.


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