Jaime empuñó su espada, estaba a punto de comenzar una masacre.
¡Bum!
Después de un fuerte sonido, un brillo dorado estalló entre la multitud. La presencia de Jaime era similar a la de un juez, ya que usaba su espada para decidir el destino de la gente frente a él.
Bajo la hoja afilada del arma, todos sin tener en cuenta si eran miembros de la Familia Salgado o de la Secta de la Tormenta, al instante se convirtieron en carne desmenuzada. La energía de la espada era tan poderosa y terrible que desvaneció a algunos en el aire, sin dejar atrás rastro de sus cuerpos.
En este punto, muchos estaban paralizados del terror por la escena frente a ellos y trataron de escapar a toda prisa. Sin importar cuánto Zacarías y Stefano les gritaran, eso no ayudó ni cambio la situación. Ellos solo se quedaron petrificados.
—Jaime, parece que tienes ganas de morir, ¿eh? —Zacarías saltó frente a él, después de ver como sus aprendices en artes marciales tuvieron una trágica muerte.
Ignorando por completo a Zacarías, Jaime balanceó la Espada Matadragones en su mano y apuntó la hoja envuelta en llamas hacia el otro. Asombrado, Zacarías rodó a prisa para evitar el ataque. En consecuencia, el impacto del golpe de Jaime dejó una profunda grieta en el suelo.
Zacarías, luciendo un poco desaliñado, se levantó a toda prisa. Sin embargo, Jaime apareció frente a él, en el mismo momento en que el otro conseguía levantarse. Horrorizado, Zacarías dio un paso hacia atrás, por desgracia, era demasiado tarde.
Jaime movió su mano, haciendo que el cuerpo de Zacarías diera vueltas por el aire antes de golpear el suelo. La mitad de su rostro quedó hundido.
Al ver esto, Stefano se quedó sorprendido.
«Aunque su capacidad es un poco débil, casi estamos a la par. Parece que ahora no tiene ninguna oportunidad de defenderse, ¿eso quiere decir que tampoco seré rival para Jaime?».
—Este malcriado es demasiado fuerte. No puedo creer que sus capacidades se hayan incrementado tanto, en tan poco tiempo.
El miedo se deslizó dentro de Stefano en silencio. No hacía mucho, él había peleado con Jaime, dónde, por accidente, este último escapó debido a un descuido. Ese Jaime no se podía comparar en nada al actual.
Sin embargo, Stefano no podía asegurar si fuera capaz de sobrevivir a los ataques de Jaime. Le tomó bastante tiempo a Zacarías, conseguir ponerse de pie de nuevo. La mitad de su rostro hundido le hacía lucir como un fantasma, y era, sin lugar a dudas, una terrible imagen para contemplar.
La sangrienta escena de la cabeza de Zacarías solo hizo que Stefano incrementarla su velocidad casi al instante. Una sensación espeluznante cubrió todo el ambiente. Los aprendices de artes marciales de la Secta de la Tormenta se dispersaron de miedo, ya que no veían ninguna razón para permanecer ahí, después de la muerte de Zacarías.
—¿Crees que puedes irte?
Con los ojos puestos en la dirección dónde Stefano estaba escapando, Jaime saltó por los aires, al mismo tiempo, iba matando a todos los que se cruzaban en su trayectoria.
«¡Todos aquellos en la Secta de la Tormenta y la Familia Salgado merecen morir!».
En un abrir y cerrar de ojos, los cadáveres yacían por doquier, esparcidos por la ladera al otro extremo del Estado de las Sombras. La crueldad de Jaime hizo que los miembros de las dos sectas huyeran para tratar de salvar sus vidas.
—Cristóbal, ¡Jaime está abriéndose camino hasta aquí!
Cuando Cristóbal vio que Jaime lo perseguía para matarlo, casi orina los pantalones. Él había estado callado durante todo este tiempo. Pero, en este punto, ya no pudo recuperarse, después de presenciar la masacre que Jaime había causado y la escena de la cabeza de Zacarías rodando por el suelo.

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