Leviatán y los demás se reunieron en el Estado de las Sombras.
Con la ayuda de Josefina e Isabel, Leviatán no tardó más de un día en apoderarse de la Secta de la Tormenta y de las autoridades de la Familia Salgado.
—El Señor Casas, la Señorita Serrano y la Señorita Gómez son increíbles. Estas dos jóvenes no son menos poderosas que nosotros. Es increíble que alcancen tales poderes a pesar de su corta edad. —Leviatán no dejaba de alabar a Josefina e Isabel tras presenciar sus habilidades.
Mientras tanto, las mujeres se sentían un poco avergonzadas por sus fervientes elogios.
—¿Encontraron alguna resistencia de la Alianza de Guerreros al reclamar la autoridad de la Secta de la Tormenta y de la Familia Salgado? —preguntó Jaime.
—No, no hubo ningún problema por parte de ellos. No fue solo la Alianza de Guerreros, ni siquiera nos encontramos con otras sectas. Ahora que lo mencionas me parece extraño. Las sectas suelen estar muy atentas a estos asuntos. Si supieran lo que estamos haciendo, se involucrarían para obtener algún beneficio —contestó Leviatán y pareció desconcertado.
Jaime se sumió en profundos pensamientos.
«Llevamos a cabo una operación a gran escala, así que es imposible que la Alianza de Guerreros no sepa nada. Pero ¿por qué no nos detuvieron ni Sion, ni Humberto, ni ninguna otra persona? Parece que no nos consideran una amenaza. Sin embargo, es bueno que nos miren con desprecio. Eso nos dará una ventaja. También tendré más tiempo para cultivar y hacer crecer mi poder».
—Me recluiré durante unos días, así que no me molestes a menos que sea algo urgente. Puedes despertarme cuando el General Jiménez termine de contactar a los periodistas le ordenó a Leviatán.
Como ahora todo estaba relativamente tranquilo, Jaime quería aprovechar la oportunidad para cultivar. Además, tenía la pintura de Lejanía en su poder. Así, ya no tenía que preocuparse por el agotamiento de su energía espiritual. A pesar de ello, no estaba seguro de que la energía espiritual de la pintura fuera inagotable.
—¡Entendido! —asintió.
Entonces, Jaime se giró hacia Josefina e Isabel y dijo:
—¡Josefina, Isabel, las dos deberían cultivar conmigo también!


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