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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 1032

«¡No es de extrañar que Saulo me llevara al callejón junto al edificio de la Alianza de Guerreros!».

—¡Vamos!

Después de que Saulo saltara a la entrada negra, Jaime lo siguió a toda prisa. Al momento siguiente, todo lo que podía ver era oscuridad, y su cuerpo parecía flotar en el espacio. Sin embargo, el entorno se iluminó antes de que pudiera sentir la magnificencia. Ahora, estaba en una mazmorra con barrotes de acero tan gruesos como el brazo de un hombre. Aunque estaba bajo tierra, el aire era sorprendentemente seco.

—Tenemos solo tres minutos, y por lo tanto no perdemos el tiempo. Creo que será la celda más interna… —Saulo le recordó a Jaime.

Jaime asintió en respuesta y se dirigió presuroso hacia la celda.

Al cabo de un rato, Jaime se emocionó porque por fin vio a Josefina. En ese momento, Josefina estaba acostada en una cama en la celda con algunas comodidades básicas.

—¡Josefina! —gritó emocionado.

Al escuchar su voz, Josefina saltó rápido de la cama.

Como era de esperar, se emocionó al verlo.

—Jaime, ¿por qué estás aquí? —Se acercó a la puerta de la celda y sujetó con fuerza las manos de Jaime con los barrotes de acero entre ellas.

Mientras tanto, el hombre se tranquilizó tras confirmar que Josefina estaba en buen estado y no la habían torturado.

—Josefina, ¿estás bien? ¿Te están tratando mal? —preguntó con cariño.

Josefina negó con la cabeza y respondió:

—Me tratan bien. No me han hecho nada, salvo extraerme un frasquito de sangre cada día. —Entonces, le preguntó a Jaime con curiosidad—: Por cierto, ¿cómo entraste?

—Alguien me trajo aquí. Ten por seguro que te rescataré. Además, me aseguraré de que la Alianza de Guerreros pague… —Mientras hablaba, un aura asesina emanaba poco a poco de su cuerpo.

—Pero no puedo quedarme de brazos cruzados mientras estás encerrada. Debo encontrar la manera de rescatarte —le aseguró.

—Muy bien. Se acabó el tiempo. Hay que irse ya... —Con eso, Saulo lanzó el Necroanillo al aire, formando una entrada negra.

—Jaime, mantén la calma. No te preocupes por mí porque aquí estoy a salvo. —Lo miró con nostalgia.

Abrumado por el sentimiento de culpa, Jaime se aferró a la mano de Josefina con fuerza.

—De ninguna manera. Debo llevarte conmigo... —De repente, Jaime se aferró a dos barrotes de acero de la celda y acumuló su energía espiritual.

Resultó que pretendía romper los barrotes para salvarla. No obstante, por mucho que tirara, los barrotes de acero permanecieron intactos.

—Vámonos ya. Las barras de acero están hechas del mejor acero extraído del Mar del Este. Ni siquiera un Marqués de las Artes Marciales podría romperlas. —Saulo tiró de él mientras lo persuadía.

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