—¡No, imposible! ¡Es imposible que Jaime esté muerto! —Moly rompió a llorar y sacudió el cuerpo de Jaime con violencia—. ¡Jaime, despierta! ¡Despierta ya! —gritó con dolor.
Por desgracia, por mucho que Moly sacudiera el cuerpo de Jaime, éste no abría los ojos y seguía inconsciente. Cecilia se mordió el labio con fuerza. La desesperación la invadió y luchó contra las ganas de llorar. Sin embargo, como líder del Palacio Carmesí, no podía llorar delante de los miembros.
Ordenó que alguien llevara el cuerpo de Jaime al Palacio Carmesí.
—¡Traigan al Señor Casas al Palacio Carmesí!
Después de que el cuerpo de Jaime fue llevado al patio de Cecilia, ella despidió a todos los demás. Cecilia le dio a Moly una pastilla para calmarla y le dijo que descansara.
Tomó un cubo de agua y empezó a limpiar el cuerpo de Jaime ella sola.
Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Cecilia. Hacía poco que conocía a Jaime, pero sabía que estaba perdidamente enamorada de él.
—No te preocupes. Me aseguraré de que estés limpio antes de irte —murmuró Cecilia mientras limpiaba su cuerpo.
Mientras tanto, la mente de Jaime estaba sumida en la niebla. Quería abrir los ojos y recuperar el control de su propio cuerpo, pero no podía hacerlo. Sentía como si su conciencia estuviera separada de su cuerpo.
«¿Estoy muerto?».
Todo lo que Jaime podía ver era niebla, nada más. No estaba seguro de seguir vivo. Después de lo que pareció una eternidad, Cecilia por fin limpió el cuerpo de Jaime. A pesar de ser virgen, dejó de lado su orgullo y su vergüenza para limpiar el cuerpo de Jaime.
Después de completar el acto, Cecilia permaneció sentada junto a Jaime en silencio. Permaneció sentada como una estatua hasta la medianoche. Los ancianos intentaron persuadirla para que descansara, pero ella se negó a abandonar su lugar.
—Después de que te vayas, puede que no me enamore de otro hombre en toda mi vida. Eres el único hombre del que me he enamorado. También eres el único hombre que me ayudó sinceramente sin desear mi cuerpo. Mañana, te daré un gran funeral y te enterraré en el Palacio Carmesí. No te preocupes. Te visitaré todos los días con flores...
No se dio cuenta de que los ojos de Jaime estaban muy abiertos.
Mirándola, Jaime esbozó una sonrisa y preguntó:
—Si me quieres tanto, ¿por qué piensas enterrarme vivo?
Tras escuchar el murmullo de Cecilia, se dio cuenta de que todos pensaban que estaba muerto. De hecho, Jaime también pensaba que estaba más que muerto. No esperaba volver a la vida.
Cecilia se levantó de la silla conmocionada al escuchar la voz de Jaime. Mientras Jaime le sonreía, ella se quedó boquiabierta, incrédula. Tardó en recuperar la compostura y se lanzó a sus brazos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)