Al día siguiente, todas las sectas y familias de artes marciales de Ciudad de Jade se reunieron en el Departamento de Justicia. Para ellos, la reunión que se iba a celebrar era obviamente diferente a las que habían asistido en el pasado.
Nunca se había dado un caso de tantos asistentes en una reunión. El número total de artistas marciales de la Ciudad de Jade, incluidos los de las sectas y las familias de artes marciales, superaba ya el centenar. De esa población, un tercio era de la Alianza de Guerreros, ya que no todas las sectas y familias del mundo de las artes marciales se habían unido a la alianza.
—¿Por qué el señor Salazar nos ha reunido a todos aquí tan repentinamente? ¿Va a pasar algo pronto?
—He oído que últimamente han aparecido algunos hombres de negro. Tal vez esté relacionado con el resurgimiento de los Cultivadores Demoníacos. Parece que el derramamiento de sangre será inevitable.
—El mundo de las artes marciales no está del todo unido ahora mismo. Si los Cultivadores Demoníacos en verdad han regresado, ¡sería difícil contenerlos!
Los asistentes discutían entre ellos, en especial con la gente que conocían.
Mientras tanto, en la entrada del Departamento de Justicia, Lázaro y Heliodoro miraban al exterior. Era como si estuvieran esperando a alguien.
—General Jiménez, ¿está seguro de que el señor Casas también recibió la invitación? —preguntó Lázaro a Teodoro.
Al fin y al cabo, Jaime estaba solo y nunca había anunciado nada de montar una secta propia. Además, ni siquiera era miembro de la Alianza de Guerreros. Un individuo como él por lo general no sería invitado a una reunión tan importante.
Teodoro sonrió.
—Por supuesto. El propio señor Salazar lo dijo. Además, ¿no sigue la familia Delgado al señor Casas hoy en día?
—¡Así es! La familia Delgado obedece todas las órdenes del señor Casas, ¡así que el señor Casas puede tomar cualquier decisión en nombre de mi familia! —Lázaro contestó de inmediato mientras asentía.
Pronto, Jaime apareció en la entrada. Lázaro y Heliodoro se apresuraron a acercarse a éste para darle la bienvenida. Al ver que Jaime asistía a una reunión de esa envergadura, muchos de los asistentes se volvieron para mirarlo.
—Presidente Zapata, Jaime Casas está aquí —dijo alguien en voz baja junto al oído de Sion.

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