Cuando el jefe de la familia escuchó lo que dijo Jaime, su expresión se ensombreció.
—Jaime, no puedo matarte solo, pero tenemos más de diez sectas y familias de artes marciales aquí. Será pan comido para nosotros si unimos nuestras fuerzas para matarte.
Sólo se atrevió a hablarle así a Jaime porque tenía a Sion para respaldarlo y un montón de miembros de la Alianza de Guerreros estaban allí.
—¡Hmph! No son más que un grupo de chusma. Me pregunto quién se atreverá a impedir que los mate —Jaime se burló y estiró la mano para abofetear a aquel hombre.
La bofetada de Jaime fue demasiado repentina. Nadie esperaba que se atreviera a hacer un movimiento allí, ya que el otro hombre sólo estaba hablando. Si uno quería hacer un movimiento, sólo debía hacerlo después de salir del edificio. ¿No era lo mismo que cavar la tumba para pelear en la sala de conferencias? Sin embargo, Jaime lo había hecho. Abofeteó la cabeza de esa persona con tanta fuerza que le explotó, y la sangre salpicó por todas partes. El hedor de la sangre llenó la sala al instante.
El silencio se apoderó de toda la sala.
Todos miraban incrédulos a Jaime, incluso Lázaro.
—¿Alguien más que se atreva a hablar como él? A mis puños no les importa quién sea —Jaime los miró con frialdad.
Con eso, todos dejaron de hablar. Nadie se atrevía a meterse con alguien como Jaime.
Mientras tanto, la cara de Sion se puso roja de furia. Al instante, él y sus miembros de la Alianza de Guerreros exudaron una intención asesina. Aun así, Jaime permaneció indiferente, sin mostrar ningún signo de temor. Fijó su mirada en Rigoberto. En todo momento, éste no había mostrado ninguna intención asesina hacia él. En cambio, Rigoberto se había limitado a observar a Jaime con el rabillo del ojo.
Sin embargo, Jaime miraba a su tío con odio. Si pudiera, esperaba poder abalanzarse sobre Rigoberto y matar a éste en el acto para poder salvar a su madre.
Rigoberto sintió el aura escalofriante de Jaime y se volvió hacia él. Miró directo a Jaime con una expresión insondable.
Jaime apoyó las manos en la mesa y se inclinó un poco hasta acercar su rostro al de Rigoberto.
—Señor Duval, será mejor que se cuide mucho. Al final me presentaré en la residencia de los Duval.
Jaime entrecerró sus oscuros ojos de obsidiana. Eran fríos y desprendían un destello asesino. La presión era abrumadora.

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