Clemente, Fil y Yuvan no sólo atacaron a Jaime en conjunto, sino que todos habían utilizado sus técnicas definitivas. Sin embargo, este último no sufrió ni siquiera un rasguño después de que sus golpes cayeran sobre él.
Una diferencia tan grande de capacidades era evidente, incluso para una persona normal.
Jaime miró con frialdad a los tres hombres, que estaban en estado de shock.
—Hmph.
Tras ese gruñido, una enorme ráfaga de energía estalló de repente desde el hombre.
Con él como centro, comenzó a extenderse en todas las direcciones. Antes de que los tres hombres frente a él pudieran reaccionar, ya habían sido barridos por la tremenda energía.
¡Flush!
Bajo el ataque de la aterradora energía, toda la mansión comenzó a derrumbarse sin previo aviso.
Abriendo su sentido espiritual, Jaime encontró de inmediato la habitación donde estaba Cecilia. En un instante, su figura se desdibujó.
En poco tiempo, apareció ante Cecilia.
Cecilia miró al hombre que tenía delante. Antes de que pudiera recuperar la cordura, Jaime ya la había abrazado. Para entonces, los ladrillos y las tejas de toda la mansión habían empezado a llover.
Jaime protegió a Cecilia con celo, permitiendo que esos ladrillos le golpearan a él en su lugar. Sin embargo, no pudieron herirle en absoluto.
Cuando el polvo se hubo asentado, Jaime permaneció de pie, orgulloso, entre los escombros, con Cecilia en brazos.
Cecilia se abrazó a su cuello con fuerza, mientras lo miraba fijamente.
Estaba claro como el día que ella estaba increíblemente emocionada.
—¿En verdad estás vivo, Jaime?
Se mordió el labio sonrosado con fuerza, las lágrimas caían por su rostro sin control.
—Estoy bien. ¿Cómo podría morir? Mucha gente quiere mi vida, pero por desgracia, no pueden matarme —aseguró Jaime con una sonrisa.
Justo en ese momento, Clemente, que había sido barrido, se levantó con dificultad y se limpió la sangre de la comisura de los labios.

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