La acción de Jaime dejó atónitos a todos, haciéndolos dudar y asustarse de dar un paso al frente para detener a Heliodoro y René.
Mientras tanto, los dos aprovecharon la oportunidad para salir corriendo del palacio. René giró su rostro bañado en lágrimas para mirar a Jaime, pero Heliodoro la arrastró mientras se alejaban del palacio. Al final, ambos desaparecieron de la vista.
Al ver que Heliodoro y René se habían marchado, Jaime dejó escapar un largo suspiro mientras una mirada decidida brillaba en sus ojos.
—¡Adelante! —Se había liberado de toda preocupación.
—¡Mátenlo!
El rostro de Sion se ensombreció mientras propinaba un puñetazo a Jaime. La fuerza del puñetazo surcó el aire y provocó una serie de explosiones.
Cuando Sion hizo su movimiento, Edgar, Salvador y todos los miembros de la Alianza de Guerreros bajo el liderazgo de Salvador atacaron al mismo tiempo a Jaime.
Mientras sus diversas auras se mezclaban en el aire, Jaime blandió con fuerza su Espada Matadragones y disparó una ráfaga de aterradora energía de espada.
¡Bum!
La energía de la espada chocó con la mezcla de auras, provocando un estruendo ensordecedor.
La potente réplica hizo tambalearse a la multitud, mientras Jaime retrocedía unos pasos y su cuerpo se golpeaba con fuerza contra la pared.
Al mismo tiempo, las ondas de energía fueron absorbidas al instante por la estatua del sireno. Las grietas de la estatua se ensancharon, e incluso empezaron a desprenderse algunos trozos del depósito calcáreo.
El rostro de Jaime estaba pálido. La sangre afloraba en su interior y le llegaba a la boca, pero consiguió reprimir el impulso de toser porque no quería que Sion y los demás se percataran de su miserable aspecto.
Sion se sintió un poco avergonzado cuando vio que Jaime había resistido con éxito un ataque combinado del grupo. Por no mencionar que Jaime no parecía haber sufrido ninguna herida importante.
A medida que aceleraba la recitación del conjuro tranquilizador, la Espada Matadragones en la mano de Jaime brillaba con más intensidad. Pronto, la luz dorada emitida por la Espada Matadragones iluminó el infernal y oscuro palacio.
La niebla negra desapareció, y el oscuro resplandor fue engullido por la luz dorada. Sion sintió una opresión en el pecho y vomitó una bocanada de sangre.
Jaime estaba encantado. Aprovechó aquella oportunidad para agitar la Espada Matadragones que empuñaba. Posteriormente, un loto, ardiendo con tenues llamas azules, floreció en la punta de su espada.
Era el Sello de Loto, una forma de magia. La llama resplandeciente era fuego espiritual, y una vez que entraba en contacto con un cuerpo humano, no podía extinguirse.
Siguiendo los movimientos cada vez más rápidos de Jaime al blandir la Espada Matadragones, una presión abrumadora llenó el aire mientras el interior del palacio se envolvía de un calor insoportable.
—¡Vamos, somételos!
Jaime blandió su espada, lanzando el loto ardiente contra Sion y los demás. El loto se hinchó en el aire mientras se acercaba a sus objetivos.

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