Durante los días siguientes, Jaime permaneció en la residencia Duval, negándose a comer, beber o salir de casa. Nadie sabía lo que tramaba.
¡Toc, toc, toc!
Ese día, Giovanni llamó a la puerta de Jaime.
—¿Qué pasa? —La voz de Jaime sonó desde el interior de la habitación.
—Jaime, ha venido a visitarte alguien que dice ser un buen amigo tuyo —le dijo Giovanni.
—¿Cómo se llama? —preguntó Jaime con las cejas fruncidas. No recordaba haber tenido un buen amigo en Ciudad de Jade.
—Se llama Forero —respondió Giovanni.
Al escuchar aquello, Jaime se apresuró a abrir la puerta, con los ojos brillándole intensamente. Sin embargo, con su vello facial crecido, parecía bastante desaliñado.
—¿Dónde está? Tráemelo ahora mismo —ordenó Jaime con ansiedad.
Sin dudarlo, Giovanni hizo entrar a Forero. Este se sorprendió al ver el estado de Jaime.
—¿Qué car*jo te ha pasado? ¿Decidiste hacerte amigo de los vagabundos? ¿Por qué tienes este aspecto? —Forero estaba desconcertado.
Jaime solía ser un joven apuesto, pero ahora parecía un hombre de mediana edad con su barba incipiente.
—Señor Forero, pase. Necesito hablar con usted. —Jaime metió a Forero en su habitación y le dijo a Giovanni que pusiera a alguien de guardia fuera.
Nadie podía entrar en su habitación.
—¿Qué? ¿Por qué te haces el misterioso? —preguntó Forero.
—Señor Forero, ¿dónde aprendió sus hechizos de encantamiento? —preguntó Jaime.

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