—Si esto es de la Alianza de Guerreros, entonces puede que sea real. Oh, ¡esto es genial! ¡No puedo creer que vaya a ver la secta más antigua especializada en hechizos de encantamiento en toda mi vida! Vamos, partamos ahora. ¡No puedo esperar a estar allí! —instó Forero.
Tomó a Jaime de la mano, a punto de arrastrarlo fuera.
—¡Espera! ¡Tengo que asearme! —protestó Jaime.
Parecía un vagabundo, así que tenía que asearse antes de salir.
Durante los últimos días, Jaime se había revolcado en la autocompasión, pues sabía que le era bastante difícil aumentar su nivel de cultivo en esta etapa.
Sólo progresaría si se le presentaba una oportunidad, pero las oportunidades eran difíciles de conseguir. ¿Quién sabía cuánto tiempo tendría que esperar?
Si Jaime era capaz de dominar los hechizos de encantamiento y crear un amuleto para asustar a su enemigo y proteger a la sociedad, su habilidad aumentaría de inmediato.
Podría crear amuletos protectores para sus seres queridos. De ese modo, no tendría que preocuparse de que su enemigo los capturara.
Después de lavarse, Jaime volvió a ser el atractivo de siempre.
—Oye, ¿por qué tardas tanto en asearte? ¿Eres una mujer? Venga, tenemos que irnos ya.
Un impaciente Forero sacó a Jaime para dirigirse al aeropuerto.
—Señor Forero, creía que no se atrevía a volver a Ciudad de Jade. ¿Por qué ha vuelto ahora? —inquirió Jaime.
—¡Sion está muerto, así que ya no tengo miedo! Ahora que está muerto, tú eres el único que conoce mi identidad —explicó Forero con alegría.
«Parece que está encantado de que Sion haya muerto».
Subieron al avión rumbo a Puerto Blanco.
Las antiguas ruinas de Secta Ira del Cielo estaban cerca de Puerto Blanco, a miles de kilómetros de Ciudad de Jade.
Jaime miró por la ventanilla sin comprender.
La última vez que fue a Puerto Blanco fue hace un año, con Tristán, a causa de la Secta Ira del Cielo.
«Me pregunto cómo estarán Tristán y Marina...».
Los labios de Jaime se curvaron cuando se le ocurrió aquel pensamiento.
—Señor Casas, lo vi antes y le dije a Tristán que comprobara si estaba en lo cierto. No puedo creer que nos hayamos encontrado con usted aquí —dijo Marina con alegría.
Jaime miró sorprendido la barriga de Marina.
—¿Estás casado?
Tristán movió la cabeza.
—Sí, estamos casados. Pero es un embarazo no planeado. Volvemos a Puerto Blanco para celebrar allí nuestra boda.
Marina se sonrojó y bajó la cabeza. Le daba vergüenza revelar el hecho de que se había quedado embarazada antes de casarse.
—¡Qué bien! ¡Al final acabaron juntos! —Jaime estalló en carcajadas.
Curioso, Tristán preguntó:
—Señor Casas, ¿por qué se dirige a Puerto Blanco?
Puerto Blanco no era una ciudad importante, y no la visitaba mucha gente, ya que no tenía muchas atracciones turísticas.

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