Parecía un auto que se detiene en un instante.
Junio se quedó desconcertado por un momento. Un instante después, sus ojos se llenaron de incredulidad cuando vio que Jaime agarraba la katana solo con su mano derecha, e incluso estaba agarrando la propia hoja.
—E…Esto…
Junio no podía creer la escena que tenía ante sus ojos.
Marcelo, que estaba de pie al lado, estaba asombrado hasta la médula. La katana de Junio astilló su Látigo de Nueve Secciones, pero no hirió ni un poco la mano de Jaime.
«¿Qué tan fuerte es el cuerpo físico de Jaime?».
—Usaste tus tres movimientos…
Después de que Jaime hablara, aplicó algo de fuerza, y la katana de Junio se rompió al instante.
Junio se quedó atónito.
Antes de que Junio recobrara el sentido, Jaime levantó la pierna y lanzó una feroz patada al pecho de Junio, haciéndolo volar a más de diez metros de distancia antes de caer en picado al suelo y escupir una bocanada de sangre por la boca.
Al ver aquello, todos mostraron una expresión compleja mientras sentimientos inexplicables surgían en su interior, en especial en Marcelo.
Después de todo, él fue quien juró desafiar y derrotar a Jaime hace un momento, y ahora, Jaime derribó a Junio casi al instante.
Estaba más claro que el agua que la fuerza de Marcelo seguía siendo muy inferior a la de Jaime.
«No lo entiendo. Jaime no es más fuerte que yo, pero siempre que estamos en una batalla real, puede enfrentarse con facilidad a alguien más poderoso».
Nunca sabrían lo que representaba la Forma Verdadera del Dragón Dorado. Era el cuerpo físico más fuerte del mundo.
Junio quiso ponerse en pie, pero se dio cuenta de que la patada de Jaime casi le destrozaba los órganos internos, y seguía expulsando sangre por la boca.
Jaime dio un paso adelante y pisoteó la cabeza de Junio, de modo que la cara de éste quedó pegada al suelo.
Junio luchó por liberarse, pero fue en vano.
La humillación se apoderó de él y su expresión se ensombreció.
—Señor Kawaguchi, sálveme... —Junio llamó de inmediato cuando vio venir a Kazuo.
Kazuo no dedicó una mirada a Junio. En cambio, miraba a Jaime con una sonrisa.
—¿Eres Jaime Casas? Somos emisarios enviados a tu país. Junio es uno de los nuestros, así que no puedes matarlo…
Al ver la actitud de Kazuo, Jaime se burló:
—Tu hombre puede matar a otros a voluntad, ¿y yo no puedo matarlo a él? ¿Crees que esta es tu casa? Debe morir hoy. Tiene que pagar con su vida por lo que ha hecho.
No entendía por qué un tipo corriente como Kazuo tenía las agallas de hablar con tanto descaro. ¿Sería por su condición de emisario?
—He dicho que no puedes matarle... —Kazuo entrecerró los ojos mientras su sonrisa se desvanecía.
—¿Quién te crees que eres? No puedes decirme lo que tengo que hacer. Voy a matarlo, y a ver si eres capaz de detenerme…
Al decir esto, Jaime levantó el pie y se dispuso a golpearlo.

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