—Dago, sé que eres experto en artes marciales. Sin embargo, tus habilidades son inútiles —exclamó Iván mientras sacaba una pistola.
Los demás motoristas también blandieron sus armas.
Decenas de pistolas apuntaban a Dago y a los miembros de La Hermandad Cananea, lo que hizo que se pusieran nerviosos.
La expresión de Dago se volvió sombría. Si sólo hubiera una pistola, podría esquivarla con facilidad. Sin embargo, había más de un arma apuntándoles. Era imposible esquivarlas todas.
Iván soltó una risita socarrona mientras Dago y los demás palidecían de horror.
—No lo pongamos difícil —dijo—, saben que no son rivales para nosotros. Entreguen al responsable y compensen los daños. Así les perdonaré la vida.
Ivan apuntó su arma a la cabeza de Dago.
La expresión de Dago cambió de golpe. Había prometido a Jaime que éste podría acudir a él en busca de ayuda, pero si ahora entregaba a Jaime, demostraría la falta de lealtad de La Hermandad Cananea. Todos eran Cananeanos, por lo que su reputación quedaría manchada.
—Iván, no te lo entregaré. Si te atreves, dispara contra nosotros. Te prometo que exhalarás tu último aliento en el momento en que dispares tu arma —declaró Dago con maldad y la mandíbula apretada.
Iván rio con frialdad.
—Ya que tienes ganas de morir, acabemos con esto hoy mismo.
Y se dispuso a apretar el gatillo.
Sin embargo, Dago fue lo bastante rápido como para patear el arma de Iván en el momento en que éste apretó el gatillo. El arma cayó al suelo con estrépito.
Al ver eso, Iván gritó:
—¡Fuego!
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
En un instante, se dispararon docenas de tiros.
Los miembros de La Hermandad Cananea bajaron los hombros, desesperados. Incluso Dago hizo lo mismo, pues sabía que estaban condenados.
No se molestó en esconderse ni en resistirse, pues había demasiadas armas. Pasara lo que pasara, el resultado sería el mismo.
Las balas habían chocado contra un escudo invisible, obligándolos a detenerse antes de caer al suelo.
Dago se volvió sobre su hombro para mirar a Jaime con miedo. El brillo dorado que envolvía a Jaime acababa de desvanecerse.
Jaime sonrió a Dago antes de dar un paso adelante.
—Parece que estás aquí por mí, así que hagámoslo.
Iván se recuperó de su sorpresa inicial cuando Jaime dio un paso al frente.
Sin embargo, no tenía ni idea de que todo era obra de Jaime y supuso que una deidad protegía a Dago y al resto.
—Joven, ya que te has adelantado, debes ser castigado por tus actos —declaró.
Iván tomó entonces la pistola de un motorista y apuntó a Jaime. Esta vez, fue lo bastante listo como para mantener las distancias con Jaime.
Era consciente de que muchos Cananeanos dominaban las artes marciales, así que supuso que, manteniendo una distancia prudencial con Jaime, podría hacer que éste hiciera caso de sus palabras.

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