—¡No te acerques más, Katia! Me equivoqué. No te acerques. Te devolveré el elixir dorado. Te lo juro…
Hugo parecía haber visto algo aterrador mientras pedía clemencia una y otra vez.
Empujó con un brazo su abdomen y extrajo de su interior un elixir dorado en medio de un chorro de sangre.
Jaime le quitó el elixir dorado que brillaba con una luz tenue y se lo entregó a Forero, ya que había pertenecido a Katia.
Forero contempló el elixir dorado en la mano de Jaime con complicadas emociones en los ojos.
Poco a poco, extendió un brazo y lo recibió. Tras un momento de vacilación, abrió la boca y tragó el elixir dorado.
Una sensación familiar recorrió el cuerpo de Forero. En ese momento, le pareció ver a la mujer que amaba profundamente y que lo había traicionado.
Con un brazo extendido hacia delante, acarició el espacio ante él como si ella estuviera allí mismo.
Todo se debía al efecto de la energía mental de Jaime. Su intención era que Forero se liberara de aquella miseria suya.
Pronto, las mejillas de Forero se humedecieron con lágrimas mientras abrazaba el espacio vacío ante él.
Jaime sintió que había llegado el momento. Por lo tanto, retiró con suavidad su energía mental.
—¡Katia! ¡Katia! —Forero gritó desconsolado, pero la figura que tenía delante desapareció.
De pie al otro lado, Hugo miraba aterrorizado a Katia. Esperaba su desaparición.
«Sería intrigante saber cómo se sentiría si aún estuviera viva para presenciar aquella escena».
—¡Ah!
Al volver en sí, Hugo miró el sangriento corte en su abdomen. El dolor agonizante le hizo aullar.
Se dio cuenta en cuanto se miró la mano. Todo lo que había visto antes era una ilusión conjurada por la energía mental de Jaime.
Estaba más claro que el agua que Hugo era inferior a Jaime, incluso cuando se trataba de energía mental.
—Es una suerte que no destruyeras su cuerpo, o el elixir dorado que llevaba dentro se habría desperdiciado —comentó Jaime mientras agitaba la mano.
El cuerpo de Hugo explotó como una bomba.
El elixir dorado salió despedido por los aires y Jaime lo atrapó.
Aunque su poder no aumentaría mucho al ingerir el elixir dorado de Hugo porque hacía tiempo que era un Gran Marqués de las Artes Marciales, aun así, sería mejor que nada.
Le preocupaba tener que ingerir el elixir dorado de un Gran Marqués de las Artes Marciales de alto nivel, o incluso de un Santo de las Artes Marciales, para aumentar su poder.
Kenzo, que había estado observando en silencio desde una esquina, apenas podía mantenerse en pie. Para entonces, sus piernas se habían vuelto gelatinosas.
Estaba orgulloso de haber escuchado las palabras de su padre. Habría perdido la vida si siguiera yendo contra Jaime.
A partir de entonces, Kenzo empezó a admirar a su padre por haber sido capaz de ajustar su mentalidad con rapidez, optando por cooperar con Jaime cuando la familia Zepeda se vio en apuros.
«Ahora que lo veo, papá tomó la decisión más acertada. De verdad vale la pena perder la hierba de los diez mil años para hacerse aliado de Jaime».

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