Jaime había agotado demasiada energía desatando el Golpe Divino de las Nueve Sombras y materializando cinco clones de sombra de sí mismo.
Después de todo, los rayos de luz que emitían esos clones de sombra también procedían de la fuerza interior de Jaime.
Si los clones de sombra hubieran sido meras ilusiones, nunca habrían tenido poder de ataque.
Patricio miró atónito a Jaime. El primero había realizado su movimiento definitivo, pero no parecía poder acabar con Jaime, por no hablar de que ni siquiera había logrado incapacitarlo.
Patricio vislumbró entonces a Jaime jadeando con mucho cansancio. La comisura de sus labios se curvó un poco hacia arriba cuando un pensamiento le vino a la cabeza.
—No importa qué técnica utilices, Jaime, sólo gastarás mucha energía espiritual. En cuanto a mí, dispongo del poder de las leyes. ¡Se acabó tu tiempo! Prepárate para tu perdición.
Patricio sabía que Jaime ya estaba al límite.
Alterando su postura, Patricio echó raíces en el lugar y envió lianas que penetraron profundamente bajo tierra. Al segundo siguiente, su aura se intensificó.
Innumerables lianas empezaron a girar, enroscándose unas con otras y bailando en el aire a una velocidad cada vez mayor.
En un instante, un tornado se conjuró en el cielo. Reuniendo una fuerza enorme, el salvaje tornado giró mientras avanzaba hacia Jaime.
Si Jaime se viera arrastrado por él, incluso su físico hercúleo se convertiría en pasta de carne.
Miró a aquel tornado titánico, sólo para descubrir que todo lo demás a su alrededor era engullido por él y despedazado.
Aquella visión aturdió a Forero y a los demás, que sin darse cuenta retrocedieron todo lo que pudieron.
Justo cuando Forero se estaba distanciando del peligro inminente, se dio cuenta de que Jesica, en la entrada, estaba siendo absorbida poco a poco por el tornado. Como era débil, el fuerte viento resultó ser demasiado para ella.
Jadeando de horror, Forero saltó hacia donde estaba la mujer, sin tener en cuenta su propia seguridad. De inmediato tomó a Jesica en brazos y se lanzó con todo para escapar de la atracción del tornado.
Mientras las ráfagas de viento surcaban el aire, rechinó los dientes, luchando por mantenerse firme a cada paso que daba.
«Pase lo que pase, ¡no soltaré a Jesica!».
Jesica, a su vez, se aferró a Forero, contemplando en silencio al viejo feo que tenía ante sus ojos.
Por alguna razón, Forero le parecía un hombre diferente en aquel momento.
«¿Desde cuándo es tan apuesto y musculoso?».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón