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El despertar del Dragón romance Capítulo 1934

Con un movimiento de manos, Jaime lanzó la Espada Matadragones a lo alto del cielo.

La Espada Matadragones giró en el aire antes de lanzarse en dirección a Patricio.

Patricio se sobresaltó y retrocedió un par de pasos. Sin embargo, el tornado se apagó al instante tras ser alcanzado por la luz dorada de la Espada Matadragones.

Una energía aterradora se extendió por el campo como un reguero de pólvora. Debido a ello, Jaime salió despedido hacia atrás una y otra vez.

Sin embargo, las cosas no pintaban bien para Patricio, que se esforzaba por contener con sus lianas la Espada Matadragones y al espíritu de la espada que contenía.

Por desgracia, todas sus lianas fueron cortadas por la afilada luz emitida por la Espada Matadragones.

¡Bum!

La Espada Matadragones acuchilló a Patricio sin piedad.

Así, el brazo de Patricio fue cortado. La sangre rojo carmesí comenzó a supurar mientras su aura se marchitaba.

Mirando fijamente su miembro cercenado en el suelo, se asustó.

Una voz de desesperación lo inundó, disipando por completo el Hechizo de Madera Espiritual. Volvió a su verdadera forma y se puso de rodillas.

—¿Cómo...? ¿Cómo es posible? —murmuró.

Después de todo, era un Gran Marqués de Artes Marciales de Alto Nivel, y estaba pisando el suelo del reino secreto de la Secta Demoniaca. No sólo había sido bendecido con la ventaja de dominar el poder de las leyes, sino que incluso había recurrido al Hechizo de Madera Espiritual.

«¿Por qué acaba así?».

Patricio cambió entonces su línea de visión hacia Jaime con total incredulidad.

«Jaime es sólo un Gran Marqués de las Artes Marciales en la fase media. Es imposible que haya triunfado sobre mí».

Una vez que la Espada Matadragones cayó de nuevo en manos de Jaime, levantó la espada y apuntó con ella al devastado Patricio.

—¡Enséñame qué más tienes, o muere si ya te has quedado sin fuerzas!

Estaba dispuesto a blandir la Espada Matadragones directo contra Patricio al soltar esas palabras.

—¡Espera! —Jesica detuvo de repente a Jaime.

—¿Por qué, señorita Zhar? No va a alegar en favor de este imbécil, ¿verdad? —cuestionó Jaime.

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