Romario fulminó a Arlo con la mirada, pero no pudo hacerle nada. Sólo podía marcharse frustrado. Después de todo, seguía siendo la cabeza de familia y el hermano de Arlo, por lo que no se atrevía a pegarle en público.
Volvió a casa echando humo, y cuando Keika lo vio, se acercó a prisa y le ayudó a cambiarse de ropa.
—¿Qué te ha pasado? ¿Qué te hizo enfadar tanto, Romario? —preguntó Keika.
Romario le explicó todo lo que había pasado ese día, dejando a Keika atónita.
Después de un rato, Keika se emocionó y exclamó:
—N…No... Eso es imposible. Nunca llevaré a nuestra hija al santuario. Si te atreves a hacerlo, moriré ante tus ojos…
Al escuchar eso, Romario abrazó con fuerza a su esposa, sintiendo pena por ella.
—Yo tampoco quiero, pero ¿qué podemos hacer? —respondió.
Romario se resistía a hacerlo, pero tenía que seguir las órdenes de Marlo. Además, podía ser una orden del propio santuario. ¿Qué podía hacer para resistirse?
—Podemos irnos. Vayámonos lo más lejos posible, y tú deberías renunciar al cargo de cabeza de familia... —sugirió Keika.
—¿Irnos? ¿Ir a dónde? Aunque huyamos hasta el fin del mundo, nos encontrarán. —Romario negó con la cabeza, considerando inviable la sugerencia de su esposa.
—¡No me importa! ¡No me importa! ¡No dejaré que envíes a nuestra hija al santuario! —Keika gritó como loca.
Romario parecía impotente, pero por suerte, no había límite de tiempo establecido. Aún podían ganar tiempo e idear un plan.
Habían pasado tres días desde entonces.
Jaime y Forero se pasaban el día bebiendo y roncando con Fabio, y así había sido la rutina de beber y dormir durante los últimos tres días.
—Jaime, ya han pasado tres días. ¿Todavía no ha tenido éxito tu plan? Romario no ha venido a verte para nada —se quejó Forero con desgana.
Aunque bebían y dormían todos los días, el ambiente era terrible, y lo más importante, no había mujeres. Si Jesica estuviera ahí, Forero no estaría tan ansioso.

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