—No fue nada —respondió el hombre con una leve sonrisa.
—Señor Casas, gracias por ayudar a mi hija. He estado ocupado estos últimos días, así que perdone que haya venido tarde a darle las gracias —dijo Romario con amabilidad mientras se acercaba a Jaime.
—Ya dije que no era para tanto —pronunció Jaime con calma y una expresión serena en el rostro.
Esto desconcertó a Romario, que se preguntó por qué Jaime estaba tan tranquilo con él y no mostraba ningún signo de resentimiento o ira si iba a vengarse.
—¿No están todos cansados? Vayamos al grano —intervino impaciente Fabio—. Romario, no creo que hayas venido sólo para darle las gracias a Jaime.
A Romario lo tomó desprevenido y dudó un momento antes de explicarse:
—Señor Casas, conozco su propósito de venir a Jetroina, pero quiero explicarle que, aunque las personas que le han estado dando caza son de la familia Gayoso, fue mi hermano pequeño Arlo quien lo orquestó todo... —Y continuó—: Yo no tenía ni idea de esto, incluido el ataque a los funcionarios cananeanos. Nunca me habló de ello. En cuanto me enteré, envié de inmediato a gente para disculparse y explicar la situación. No tengo intención de ir contra Cananea ni contra usted, señor Casas. Espero que pueda entenderlo…
Romario habló con rostro serio, temiendo que Jaime no le creyera.
Sin embargo, Jaime respondió con una leve sonrisa:
—Señor Gayoso, ya sé todo esto. Usted no es responsable de las acciones de su hermano, así que lo tendré en cuenta.
—Señor Casas, ¿usted ya lo sabía? —Romario se sorprendió. Se preguntaba cómo lo sabía Jaime, porque sólo los altos cargos de la familia Gayoso estaban al tanto de esto.
—Kazuo me lo dijo. Por algo lo traje vivo de Cananea —dijo Jaime con indiferencia.
Romario respiró aliviado al escuchar eso; como Jaime lo sabía, ya no tenía que preocuparse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón