—¿Josefina? ¡Josefina! —Jaime la llamó presa del pánico, pero Josefina estaba inconsciente y no respondió en absoluto.
Jaime bombeó algo de energía espiritual en su cuerpo, pero no pudo averiguar qué le pasaba.
«¿Qué está pasando aquí? Hace un momento estaba bien. ¿Por qué iba a desmayarse de repente?».
Salió de sus pensamientos cuando Colín y Cecilia se acercaron corriendo.
René y Magnolia también se habían desmayado y presentaban los mismos síntomas que Josefina. Las tres estaban tan debilitadas que apenas respiraban.
—¿Qué pasa, Jaime? René estaba bien anoche —preguntó Colín.
—¡Magnolia también estaba bien cuando regresó anoche, pero no pude despertarla hace un momento! —exclamó Cecilia.
La frente de Jaime se arrugó de preocupación, pues tampoco tenía ni idea de la causa.
Después de pensarlo un poco, le dijo a Cecilia:
—Cecilia, necesito que me ayudes a cuidar a Josefina. Iré a preguntarle al señor Salazar si sabe algo de esto.
Armando era la única persona a la que Jaime podía acudir en busca de ayuda en ese momento.
«El señor Salazar parece saberlo todo, ¡así que podría ayudarme».
Cecilia asintió.
—De acuerdo. Pero que sea rápido. Parecen estar en muy mal estado.
Jaime se dirigió al Ministerio de Justicia, sólo para ver a Javier parado frente a la puerta principal.
«Vaya, qué sorpresa. Javier es el capitán del Departamento de Justicia. ¿Por qué iba a estar alguien de su categoría a la entrada del edificio?».
Javier se sorprendió un poco cuando vio aparecer a Jaime.
«Vaya... El Señor Salazar tenía razón cuando dijo que Jaime vendría hoy».
—Capitán Llano, yo…
—¿Ha venido a ver al señor Salazar? —Javier lo interrumpió.
—¿De qué estás hablando, Jaime? ¿Vas a entrar por la fuerza en el Ministerio de Justicia?
—¡Si el señor Salazar no quiere verme, eso es justo lo que haré! —Jaime respondió mientras entraba en el edificio.
—¡Eh, Jaime! Tú…
Javier trató de detenerlo, pero la intensa aura de Jaime lo hizo volar antes de que pudiera siquiera acercarse.
Jaime se había vuelto tan poderoso que ni siquiera Javier podía acortar la distancia que los separaba.
—Jaime, ¿tienes idea de cuántas leyes estarías infringiendo si irrumpes en el Ministerio de Justicia y te enfrentas al señor Salazar? No creas que puedes hacer lo que te plazca solo porque el Señor Salazar está de tu parte. ¡Podrías ser ejecutado por esto! ¿Me oyes? —gritó Javier con todas sus fuerzas mientras corría tras Jaime.
—¡Lo siento, capitán Llano, pero necesito ver al señor Salazar, aunque me ejecuten por ello! —Jaime contestó con solemnidad mientras corría directo hacia el despacho de Armando.
Javier estaba a punto de interponerse en su camino cuando la puerta se abrió desde dentro.
—Déjalo entrar, capitán Llano —le llamó Armando desde el interior del despacho.

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