Javier se apartó de inmediato al escuchar aquello y Jaime se abrió paso a través de la puerta.
Jaime vio que Armando sorbía despreocupado una taza de café cuando entró en su despacho. No parecía ocupado en lo más mínimo.
—Señor Salazar, usted…
Armando le cortó:
—Si quieres hablar, pasa. No me gusta hablar con gente que está tan lejos.
Cuando Jaime se adentró en el despacho, sintió una intensa oleada de energía que se dirigía hacia él.
Apretó los dientes e intentó luchar contra ella, pero era demasiado poderosa. Lo siguiente que sintió Jaime fue salir volando por la ventana y estrellarse contra el patio.
Golpeó el suelo con tanta fuerza que se formó un cráter en el lugar.
Jaime se incorporó poco a poco y regresó al despacho de Armando. Esta vez, activó su aura y se preparó antes de irrumpir.
Sin embargo, la onda de energía de antes volvió a golpearlo como un tren y lo hizo volar hacia el mismo cráter, haciéndolo mucho más profundo.
Jaime se frotó el pecho dolorido y tosió una bocanada de sangre mientras se levantaba.
Con el ceño fruncido, se acercó de nuevo a la puerta del despacho. Sin embargo, esta vez no entró.
—¿Por qué hizo que René y Magnolia me llevaran el Tomo Sin Palabras, señor Salazar? ¿Sabía que iban a ser capturadas y enviadas al reino secreto? Todas han caído inconscientes y apenas respiran ahora mismo. ¿Qué está pasando? —preguntó Jaime desde el otro lado de la puerta.
—Si ni siquiera puedes entrar en mi despacho, entonces no estás en posición de interrogarme. Haz lo que dice la carta —Armando respondió con indiferencia y siguió sorbiendo su café sin mirar siquiera a Jaime.

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