Josías suprimió al dragón dorado de Jaime en un instante.
Se echó a reír.
—Tengo cientos y miles de devotos, y mi energía de fe no tiene límites. Si sigues luchando conmigo, morirás de agotamiento.
Josías siguió riendo histérico, con su arrogancia alimentada por su abundante energía de fe.
Al ver la arrogancia de su rostro, Jaime empezó a sonreír con burla.
—No eres la única persona que posee energía de fe. Ahora te mostraré la mía —pronunció Jaime con calma.
—¿Qué tonterías dices? ¿Cómo vas a tener energía de fe si no tienes devotos? —replicó Josías, que no creía que Jaime pudiera poseer energía de fe alguna.
—Tengo más devotos que estos. No eres rival para mí. —Después de hablar, Jaime realizó una serie de intrincados sellos con las manos, canalizando su energía en una ráfaga de luz cegadora que salió disparada hacia el cielo.
En ese momento, todas las estatuas de Jaime en Jetroina, a miles de kilómetros de distancia, comenzaron a brillar.
Miles de estatuas emitieron energía de fe al instante, convergieron y se dirigieron de inmediato hacia Jaime.
La energía de la fe proveniente de toda Jetroina era mucho más poderosa que la de Josías.
La abrumadora energía de la fe cubrió todo el cielo mientras corría hacia Jaime a la velocidad del rayo.
—¿Has terminado de fanfarronear? ¿Quién te crees que eres para merecer la energía de la fe? —Sixto se mofó de Jaime.
Éste lo ignoró y esperó en silencio.
El Iluminado seguía batiéndose en duelo con el dragón dorado. Era evidente que este último se estaba quedando sin impulso, pero Jaime permaneció imperturbable ante ello.
La sobrecogedora energía de la fe seguía atravesando el océano y penetrando en las montañas.
Mientras tanto, en la cima de una montaña virgen, un anciano sentado en una roca enseñaba a sus discípulos métodos de cultivo.
Cuando la energía de la fe surcó el cielo, el anciano no pudo evitar mirar hacia arriba.

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