Winsor se adelantó y apremió a Yona:
—Deja de malgastar tu aliento con él. Déjame a ese mocoso a mí. Lo mataré yo mismo.
Jaime miró a Winsor y se mofó:
—Tonto ignorante. Puesto que crees con firmeza que maté a tu hijo, no hay nada más que pueda decir. Aun así, eres muy hábil para haber criado a un hijo tan afeminado.
El comentario de Jaime dio de lleno en la llaga de Winsor. La personalidad de su hijo era lo que más lamentaba y lo que más ridiculizaban los demás a sus espaldas.
Winsor estaba a punto de estallar de rabia al escuchar cómo Jaime lo humillaba en público en ese momento.
—¡Te haré pedazos hoy mismo! —El aura terrorífica de Winsor estalló mientras sus ojos se enrojecían por la rabia.
—¿Por qué no lo intentas? —Jaime soltó de pronto un extraño gruñido por la boca.
El ruido era similar al de un animal, pero, al mismo tiempo, no del todo. La profunda reverberación se adentró en la noche.
El brusco y peculiar comportamiento de Jaime hizo que todos quedaran aturdidos. Estaban desconcertados por lo que estaba haciendo.
Winsor miró a Jaime con el ceño fruncido.
—¿Por qué haces ese ruido?
Jaime lo ignoró. El ruido que emitía se hizo más fuerte y, al resonar el sonido, una bola de luz dorada surgió de su frente.
La noche se iluminó como si fuera de día, y aquella bola de luz dorada desprendía una intensa aura de bestia demoníaca.
El aura se extendió rápidamente hacia el exterior, cubriendo una distancia de decenas de kilómetros en un instante.
Todos se quedaron atónitos al ver la luz dorada que se elevaba con lentitud sobre Jaime.
En ese momento, el suelo empezó a temblar con violencia como si hubiera estallado un terremoto. El temblor hizo que algunos se tambalearan.
Un instante después, sonó un estruendo atronador, que parecía provenir del horizonte y acercarse en dirección al grupo.
Sólo cuando la conmoción llegó ante ellos, todos vieron a un denso grupo de bestias demoníacas rugiendo y cargando contra ellos.

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