Pronto, el pandemónium reinó en la escena. Las bestias demoníacas se enzarzaron en una caótica pelea con Winsor y su grupo. Esas bestias demoníacas eran increíblemente feroces y no parecían temer a la muerte.
Mateo observó la escena que se desarrollaba ante él, luego desvió la mirada hacia Jaime y tragó saliva.
—Señor Casas, ¿estas bestias demoníacas de verdad son sus subordinadas?
—Por supuesto. Si no, ¿por qué me harían caso? —Jaime se situó en un lugar elevado y contempló la desastrosa escena que tenía ante sí. Luego le hizo un gesto con la mano a Winsor—. Sigan luchando. Yo me marcho ya.
—¡No puedes escapar, cabr*n! —Winsor estaba furioso. Golpeó con la palma de la mano a una bestia demoníaca, haciéndola salir volando, y luego saltó hacia Jaime.
No podía permitir que Jaime se escapara. De lo contrario, sería difícil localizarlo de nuevo.
Por desgracia, justo cuando Winsor saltaba, apareció de repente una enorme figura. El león gigante abrió sus fauces ensangrentadas y se abalanzó sobre Winsor.
Winsor sólo pudo defenderse del león gigante y fue incapaz de detener a Jaime.
Jaime, Mateo y los demás emprendieron rápido el vuelo.
Cuando Jaime se marchó, el león gigante lanzó un rugido, indicando a todas las bestias demoníacas que se retiraran.
Una miríada de cadáveres estaba esparcida por el campo de batalla. Algunos pertenecían a miembros de las nueve sectas, mientras que otros eran cadáveres de bestias demoníacas.
Aunque consiguieron matar a muchas bestias demoníacas en esa lucha, todas las sectas sufrieron también una pérdida bastante significativa.
—¡Maldita sea! Jaime escapó. ¿Quién demonios es ese tipo? ¿Por qué puede controlar tantas bestias demoníacas? —Winsor bramó.
—Winsor, aunque Jaime se escapó, conseguimos matar a muchas bestias demoníacas y adquirir muchos núcleos de bestia. No salimos perdiendo —consoló Huro a Winsor.
Winsor asintió y agitó la mano.
—Ve y saca los núcleos de bestia de esas bestias demoníacas muertas.

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