De vuelta en Villa Roca, Betel había encontrado la muerte. La comunidad se había reunido para dar sepultura a los aldeanos asesinados por Betel.
La paz se había restablecido en la Villa Roca. Y en los corazones de los aldeanos, Jaime se había alzado como su nuevo líder.
Los residentes de Villa Roca reconocieron su vulnerabilidad frente a individuos formidables como Betel.
Sin embargo, con Jaime cerca, las cosas serían diferentes. Jaime no sólo podría protegerlos, sino que también podría impedir que los aldeanos de Villa Cian los intimidaran.
—Abuela, deberías haber visto lo capaz que era Jaime. Le dio una verdadera paliza a Betel. Si yo tuviera la mitad de la habilidad de Jaime, podría mantener a salvo a todos en la Villa Roca —le contó Emi a Ira la historia de Jaime luchando contra Betel. Mientras hablaba, de repente se dio cuenta de que se había expresado mal y se apresuró a decir—: Lo siento, abuela. No quería disgustarte. Encontraré la forma de curar tus ojos. Aunque Betel se haya ido, Jaime me dijo que tiene una forma de curarte.
Ira esbozó una suave sonrisa mientras acariciaba con cariño la cabeza de Emi.
—Niña tonta, estoy acostumbrada. No hay nadie en este mundo que pueda devolverme la vista.
—¿Quién lo dice? Yo puedo curarla —dijo Jaime mientras entraba en la casa con Percival.
—Emi, Jaime y yo fuimos a las montañas a recoger hierbas. Compartió conmigo una gran cantidad de conocimientos. Mira esto. Es una hierba llamada Hierba Eufrasia. Según Jaime, una píldora hecha con esta hierba puede devolverle la vista a tu abuela —exclamó Percival con entusiasmo.
Llevaba una cesta a la espalda y parecía un poco desaliñado y sucio.
—¿En serio? —Emi se le acercó entusiasmada y tomó la hierba Eufrasia.
Ira sabía que había perdido la vista porque alguien la había envenenado, así que era imposible que se curara.
—Es inútil. Mis ojos…
Antes de que pudiera concluir, Jaime se apresuró a intervenir:
—Señora Ira, no tiene por qué preocuparse. Tengo los medios para devolverle la vista, no importa cómo la haya perdido.
Con un hábil movimiento de sus dedos, encendió un fuego espiritual y comenzó el proceso de elaboración de la píldora. Mientras tanto, se aseguró de dar explicaciones a Percival.
Dale un pez a un hombre y le darás de comer un día; enséñale a pescar y le darás de comer toda la vida. Jaime podría tratar a los aldeanos de Villa Roca y fabricar píldoras para ellos, pero no estaría ahí para siempre.
Con el nuevo interés de Percival por la alquimia, Jaime estaba decidido a guiarlo en el proceso. Una vez que Percival se convirtiera en un alquimista consumado, la reputación de Villa Roca se dispararía entre las aldeas vecinas.
Dos horas más tarde, un delicioso aroma emanó del Caldero Divino y varias píldoras cristalinas aparecieron en su interior.
Percival miró las píldoras con asombro, su aspiración a convertirse en alquimista se intensificó en su interior.
—Señora Ira, podrá ver después de tomar esta píldora —dijo Jaime mientras le entregaba una píldora a Ira.
Ira aceptó la pastilla y se la tragó sin vacilar. Confiaba en Jaime.

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