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El despertar del Dragón romance Capítulo 351

Jaime frunció el ceño al ver aquello.

—¿Qué es esto?

En ese momento, Juan estaba emitiendo un aura mucho más poderosa que la de Francisco.

—¡Ten cuidado, Jaime! ¡Ha activado la Armadura Dorada! —gritó Isabel conmocionada al darse cuenta de lo que hacía Juan.

Juan se echó a reír.

—¡Te voy a enseñar el poder de la Armadura Dorada, chico! ¡No podrás hacerme daño, aunque tengas la fuerza de arrasar montañas!

—¿Es así? ¡Tendré que probarlo, entonces! —dijo Jaime mientras lanzaba un puñetazo al pecho de Juan.

En lugar de intentar esquivar o bloquear el ataque, Juan solo se quedó parado con una mirada de desprecio en su rostro.

«¡Bang!».

El impacto produjo un sonido fuerte y claro similar al de una campana de iglesia siendo tocada. Juan no solo no se inmutó por el golpe, sino que Jaime incluso sintió que su brazo se entumecía un poco a causa de este.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

Los ojos de Juan estaban llenos de arrogancia mientras cacareaba como un loco. Una leve sonrisa apareció en el rostro de Jaime.

—¿Oh? Esto se está poniendo interesante. Toma, otro puñetazo.

Segundos después, la energía espiritual de su cuerpo comenzó a surgir como una locura antes de acumularse en su puño.

El puño de Jaime comenzó a brillar más y más, llegando por fin a un punto en el que era tan brillante como el sol. La sonrisa en la cara de Juan se congeló al instante.

—¿Qué demonios es esto?

Jaime solo le lanzó un segundo puñetazo sin responder a su pregunta.

«¡Bang!».

La luz brillante del puño de Jaime se desvaneció después de que se escuchara un sonido parecido a un trueno.

Sin más, Jaime fue arrastrado fuera de allí antes de que pudiera comer.

—¡Oye! ¡No hemos comido nada! ¡Tengo hambre! —protestó Jaime desde el asiento del copiloto mientras miraba a Isabel, que seguía en estado de shock.

—Vamos a mi casa. Te haré algo de pasta. A decir verdad, ¡no puedo creer que seas tan imprudente como para matar a Juan así! —exclamó Isabel con un suspiro.

—Tú fuiste quien me dijo que lo matara, así que no es mi culpa —respondió Jaime con despreocupación.

—Tú... —La cara de Isabel estaba roja de frustración, pero no pudo decir nada en represalia.

Después de aparcar el auto en una zona residencial, Isabel llevó a Jaime a su casa, que resultó ser un apartamento de una habitación que había alquilado. A pesar de ser bastante pequeño, el lugar estaba limpio y ordenado. Además, tenía el agradable olor que uno espera cuando visita la casa de una chica.

—Toma asiento mientras reviso la cocina para preparar algo.

Isabel se puso entonces a preparar la comida mientras Jaime se sentaba en el salón.

«Extraño... ¿Por qué una persona de su identidad y estatus tenía que alquilar un lugar así? Podría solo vivir con su familia, ¿no? Aunque no quiera depender de ellos, debería poder permitirse una buena casa. Quiero decir, ¡solo mira la cantidad insana de dinero que Arturo gastó en su casa en Ciudad Higuera! ¡Las antigüedades que poseen son tan caras que vender una de ellas le daría suficiente dinero para comprarse una casa!», pensó Jaime mientras la veía ponerse a trabajar en la cocina.

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