—¿Cómo es posible que conozcas al Señor Lamarque? ¡Ni siquiera la cabeza del Grupo Serrano sería capaz de provocarlo! —resopló el Perro.
Jaime lo ignoró, mientras le hacía una llamada a Tomás en ese momento.
—Señor Casas… —Tomás, quien estaba en Cuenca Veraniega, contestó el teléfono al momento.
—Hay alguien llamado Damián en Puerto Gaviota. Él dice que te conoce y que es tu subordinado. ¿Tú lo conoces? —preguntó Jaime.
—¿Puerto Gaviota? —Tomás se quedó pensando por un momento—. No lo conozco. Aunque, todos los lugares bajo Ciudad Higuera, ¡están bajo mis órdenes!
—Por favor, pregúntale a uno de tus subordinados si ellos conocen a esta persona. ¡Él ha estado tratando de manchar la reputación del Regimiento Templario! —se burló Jaime.
—Está bien, lo investigaré de inmediato.
Después de decir esto, Tomás colgó el teléfono y comenzó a investigar. Poco después, él regresó la llamada.
—Señor Casas, he confirmado que Benjamín conoce a Damián de Puerto Gaviota, pero ellos no son cercanos.
—¿Benjamín? —Jaime recordó quien era ese hombre.
«Es el primo de Leandro. En aquel entonces, él rompió su propio brazo».
—Te enviaré la ubicación. Por favor, envíalo de inmediato aquí, ¡para resolver esto!
Después de decir eso, Jaime le envió a Tomás su ubicación actual.
—Jaime, ¿estás fanfarroneando? Déjame decirte. Mis hombres estarán aquí muy pronto. ¡Entonces estarás muerto! —El Perro apretó sus dientes con malicia.
Jaime lo ignoró, y se dio la vuelta hacia Sara y sus padres.
—Vamos a comer. ¡No se preocupen por él!
Sin embargo, después de lo que sucedió, ninguno tenía apetito.
—Jaime, ¿por qué no nos vamos? —Sara parecía asustada.
—¡Ni siquiera lo piensen! ¡Nadie tiene permiso de irse! —les gritó el Perro, que estaba parado en la entrada.
—No hay necesidad de que nos vayamos. Primero vamos a comer, ¡no tengan miedo! —le dijo Jaime a Sara.
Sara también entró en pánico y no sabía qué hacer. Así que comenzó a rogarle al Perro:
—Perro, me disculpo en nombre de Jaime. Por favor no…
—¡Fuera de mi camino! —El Perro empujó a Sara con rudeza, haciéndola a un lado.
Jaime de inmediato extendió su brazo para sostener a Sara. El lanzo una mirada dura hacia el Perro.
—Perdiste tu oportunidad de sobrevivir. ¡Es mejor que estés alerta!
—¡No trates de asustarme! ¡Me he acostumbrado a recibir amenazas durante toda mi vida! —El Perro no le dio ninguna importancia—. ¿Dijiste que también ibas a pedir ayuda? ¿Dónde están tus hombres?
—Ellos llegarán pronto —le contestó Jaime con tranquilidad.
—Está bien. Te daré diez minutos. ¡Tengo curiosidad de ver quién se atreve a ir en mi contra en Puerto Gaviota!
El Perro acercó una silla y se sentó.

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