Diez minutos pasaron en un abrir y cerrar de ojos. El Perro ostentó una fría sonrisa, mientras miraba a Jaime.
—Sabía que todo era una farsa. ¿Dónde están tus hombres?
Un segundo después de decir esto, sintió un estremecimiento asesino sobre él. Todo el edificio parecía estar temblando.
—¡Perro, hay mucha gente afuera!
En ese momento, un subordinado entró corriendo para informarle al Perro lo que vio. El corazón de este saltó al escucharlo. De inmediato corrió hacia la ventana. Él se quedó pasmado al descubrir que todo el lugar estaba rodeado por un incontable número de hombres.
Al instante, el Perro se recuperó de la impresión y volteó hacia sus asustados subordinados.
—No se preocupen. No importa cuántos hombres tengan. ¡Ninguno se atreverá a tocarme pues tengo el apoyo del Señor Lamarque!
Justo en ese momento, alguien subió corriendo las escaleras.
—Benja…
Al ver quién era el que venía, el Perro se quedó pasmado por un momento. Se trataba de Benjamín, el cual tenía un arma. Él lucía por completo solemne y ni siquiera lo miró, mientras caminaba hacia Jaime.
—Señor Casas.
En ese momento, Benjamín retrocedió asustado. En aquel entonces, él se rompió la mano izquierda por Jaime. Ahora que Tomás le pidió venir, estaba temeroso de ser implicado en esto. El Perro se quedó atónito al ver que Benjamín actuaba tan humilde ante Jaime.
—Benjamín, ¿tú conoces a este hombre? —Jaime señaló al Perro.
—Sí, ¡pero no somos cercanos! —le contesto Benjamín con honestidad.
—Lo quiero fuera de mi vista. ¡En cuanto al resto, córtales las piernas!
Al escuchar las palabras de Jaime, el Perro cayó de rodillas sobre el suelo. Todos sus subordinados también se arrodillaron junto a él.
Jaime trajo a Ingrid a Ciudad Higuera. Debido a su relación con Gael, él se las arregló para conseguirle un lugar en la escuela a la joven. Jaime y Josefina acompañaron a Gonzalo durante todo un día en Ciudad Higuera, antes de regresar a Cuenca Veraniega.
Jaime no se atrevió a permanecer más tiempo en Ciudad Higuera. Aún había muchos asuntos sin resolver esperando por él, incluyendo el problema con el Palacio Herbal, la Secta Medialuna y el Monte Jicoria.
—Lo siento. Has estado haciéndome compañía y no has tenido tiempo para acompañar a tu padre —se disculpó Jaime con Josefina en el camino.
—Por supuesto que seguiré al hombre con el que me case. ¡Fue mi decisión! —Josefina sonrió con sutileza.
Jaime le mostró una sonrisa afectuosa.
—No te preocupes. En poco tiempo, te daré una vida estable. Viviremos una larga vida, ¡y vamos a tener cien niños!
—Yo no quiero tantos niños. No soy un cerdo, ¿de acuerdo? —Josefina movió los ojos hacia arriba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón