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El despertar del Dragón romance Capítulo 495

—¡Ja! ¡Tonto insolente! —Frente a esa montaña de hombre, los ojos de Braulio parpadearon de repente. En lugar de la blancura que antes impregnaba sus pupilas había un negro resplandor. La claridad de sus ojos demostró que nunca estuvo ciego. Con un rugido, lanzó un puño—. ¡Aghhh!

El otro hombre esquivó con agilidad el golpe y se lo regresó en la espalda

¡Pum!

Al igual que un martillo sobre el acero, se produjo un sonoro golpe. ¡Lo envió tambaleándose varios pasos hacia atrás, con su mano hormigueando de entumecimiento!

—¡Así que practicas la disciplina marcial de la invulnerabilidad! —Braulio habló con calma.

Enfurecido tras recibir el golpe, el hombre corpulento se giró y avanzó de nuevo en dirección a Braulio, con cada uno de sus pasos resonando en el suelo como un terremoto.

—¡Hum! —Con un resoplido, dos torrentes de humo negro salieron de entre los dedos danzantes de Braulio y fueron directos a aquel hombre.

El grandulón los vio venir y trató de tomar contramedidas evasivas, pero se dirigieron a su nariz como si fueran espectros, ¡haciendo que se apretara su propia garganta con una expresión de sorpresa y evidente dolor!

Una bocanada de sangre derramada después, el cuerpo de dos metros de altura se desplomó en el suelo. Los ojos del hombre, así como cada uno de los orificios de su cuerpo, rezumaban carmesí. Al parecer, ¡había muerto envenenado!

Tanto los Salas como los Lacosta, comenzaron a sufrir bajas, desplomándose en el suelo y sucumbiendo a esos mismos síntomas en poco tiempo.

Ante la escena que se desarrollaba ante ellos, Joaquín y Casimiro se escandalizaron por igual.

—¡Ja, ja, ja! ¿Ahora sí se sienten mal por ustedes? Las consecuencias de no aprovechar la oportunidad que les di, ¡será morir aquí mismo! —Isaí se rio de ambos líderes que en este momento eran animales en el matadero.

Esta última pareja tenía una expresión horrible en sus rostros. Por fin, el desventurado Casimiro exhaló.

—¡Estoy dispuesto a ceder la mina de vetas de los Lacosta, y en lo sucesivo retirarme de Salinsburgo! —Su sacrificio dejó a Joaquín aún más confundido.

—No trates de convencerme con esas tonterías de los tíos y demás. Hace tiempo que estoy enamorado de la exuberante figura de tu hija, ¡así que ahora es el momento de satisfacer esa necesidad! —Miró a la mujer con ojos de descaro.

—Sinvergüenza. Monstruo… —ella dijo roja de furia.

La cara de Isaí se tensó.

—Por atreverte a insultarme, ¡haré lo que quiera contigo delante de todos los presentes, niñita! —Con un gesto de la mano, dos de los subordinados de los Ferrer se abalanzaron sobre Teresa.

A pesar de sus esfuerzos, Joaquín no pudo hacer nada para detenerlos.

Los dos hombres arrastraron a la frágil Teresa hasta Isaí.

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