—Tristán, prepara el auto. ¡Iremos al pueblo de la Familia Casas ahora mismo!
Samuel estaba furioso.
Muy pronto, el auto estaba listo. Tristán estaba con Teodoro en el auto también.
—Señor Benítez, ¿por qué está tan enfadado? ¿Pasó algo? —preguntó Teodoro desconcertado.
Samuel comenzó a compartir con él lo que Jaime le había contado. Eso hizo que Tristán acelerara.
En el fondo de su corazón, maldecía a Silverio Torres una y otra vez. A los Benítez les costó mucho esfuerzo establecer una buena relación con Jaime. Sin embargo, Silverio había acusado a Jaime de robar su auto.
En el otro extremo, Jaime esperó de forma paciente una vez que terminó con la llamada telefónica. Sabía que Samuel llegaría muy pronto.
—¿Qué pasa? ¿Estás actuando con frialdad? ¿Qué dijo el Señor Benítez? —El hijo de Silverio, Heriberto Torres, se burló de Jaime.
—El Señor Benítez llegará muy pronto —dijo Jaime con calma.
—¿Dijiste que el Señor Benítez llegará dentro de un rato?
Cuando Silverio escuchó eso, se quedó desconcertado. Sin embargo, recuperó la compostura muy rápido y resopló:
—Bien. Si el Señor Benítez no está aquí en la próxima media hora, irás a la cárcel. Ya que te atreviste a robarle a la Familia Benítez.
En ese instante, el ambiente en la sala privada se volvió un poco incómodo. Nadie pronunció una sola palabra. Elena miraba a Jaime con preocupación.
Gustavo, en cambio, parecía muy tranquilo y seguía fumando su cigarrillo.
Media hora pasó volando. Silverio echó un vistazo a su reloj y dijo:
—¡Llévenselo!
Unos hombres uniformados se dirigieron hacia Jaime.
—Silverio, te lo ruego. Por favor... ¡No dejes que se lleven a Jaime!
Cuando Elena vio que Jaime estaba a punto de ser detenido, se puso de rodillas frente a Silverio.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón