El Ministerio de Justicia de Ciudad Jade solo permitía la entrada a aquellas personas que poseyeran el título de Gran Maestro; después de todo, en ese lugar, se encontraba la sede de las Fuerzas del Orden Público. Por ello, tan pronto el hermoso auto de Jaime se detuvo frente a la entrada del inmenso edificio, Salvador se apresuró a recibirlo.
—¡Bienvenidos! —exclamó en tono lleno de entusiasmo.
Mientras Jaime se disponía a descender del lujo vehículo, logró vislumbrar a un pequeño grupo de elegantes hombres detrás de Salvador, por lo que no pudo evitar sentirse nervioso al percatarse de que casi todos los equipos de fuerzas especiales se encontraban de pie frente al umbral; al notar el cambio en su comportamiento, Teodoro se apresuró a decir en tono gentil:
—Señor Casas, tranquilo; le aseguro que no debe preocuparse, pues, aunque esos hombres lucen muy intimidantes, no tardarán en aceptarlo como su superior.
Ante las enigmáticas palabras, Jaime se apresuró a indagar, confundido:
—General Jiménez, lamento informarle que no sé a qué se refiere, pues tan solo he venido a participar en el torneo…
Sin embargo, antes de que pudiera continuar, Teodoro lo interrumpió al decir, sin mostrar ninguna emoción:
—Debemos apresurarnos, pues nuestros anfitriones esperan dentro. —Al terminar de hablar, esbozó una pequeña sonrisa cariñosa, por lo que, al notar ese extraño gesto del hombre maduro, Jaime no pudo evitar pensar, consternado:
«Me pregunto si el General Jiménez se atrevió a tenderme una trampa…».
Ante esa idea, el joven se limitó a mirarlo, receloso, antes de ingresar a la imponente construcción; no obstante, una vez dentro del lugar, comenzó a sentir el corazón acelerársele, al tiempo que reflexionaba:
«Ahora que Samuel y Tristán han decidido regresar a la casa de la Familia Benítez y tras haberle ordenado a Lilia que se reuniera con la Secta del Dios de la Medicina, temo que su vida esté en riesgo durante la misión; después de todo, Ciudad Jade no solo es un lugar muy peligroso, sino que está repleta de mis enemigos, quienes no dudarán en hacerle daño para detenerme de una vez por todas».
El apuesto hombre parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al escuchar a Salvador exclamar, con voz llena de entusiasmo:
—¡Señor Casas, qué alegría volver a verlo! —Entonces, una enorme sonrisa le cubrió el rostro, mientras emitía esas palabras.
—Capitán Gutiérrez, debo admitir que me sorprende saber que ha alcanzado el nivel de Gran Maestro Nivel Cinco en tan poco tiempo.
Ante esa cálida respuesta, Salvador no pudo evitar dejar escapar una pequeña risa, antes de continuar:


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