—De acuerdo —respondió Jaime con voz llena de entusiasmo; entonces, ambos continuaron con su alegre conversación durante un tiempo. Al caer la noche, Jaime se retiró a su habitación para descansar, después del largo viaje; tras encontrarse a solas, Teodoro parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al advertir la presencia de Salvador junto al umbral de entrada, quien le informó, histérico, acerca de un problema que se suscitaba en esos momentos:
—General, lamento haberlo asustado, pero debe acompañarme, pues Cristóbal ha causado un embrollo en la arena de combate; al parecer, decidió detener la sesión de entrenamiento que transcurría en aquel lugar.
Al escuchar las inquietantes noticias, Teodoro no pudo evitar exclamar, incrédulo:
—¡No puedo creer que Cristóbal se atreva a comportarse de esta manera, en especial, ahora que se ha convertido en instructor! —Tan pronto terminó de hablar, se puso de pie para salir a toda velocidad, en búsqueda del culpable; desde el ingreso de Cristóbal al Ministerio de Justicia, Teodoro había podido comprobar que, aunque gozaba del título de Gran Maestro de las Artes Marciales, poseía una naturaleza arrogante, pues no era la primera vez que causaba un embrollo dentro del edificio. De hecho, Cristóbal había logrado unirse a tan prestigiosa organización, pues la Familia Salgado utilizó toda su influencia, como una de las familias más importantes en la ciudad, para conseguirle aquel puesto. Además, por desgracia, Cristóbal sabía a la perfección la posición tan importante de su familia, por lo que solía comportarse de manera muy irrespetuosa no solo con el resto del personal, quienes no toleraban su presencia, sino con Teodoro, quien, al inicio, había intentado reprenderlo; no obstante, pronto había descubierto que sus esfuerzos eran en vano, pues Cristóbal era más poderoso. Por lo tanto y como último recurso, Teodoro decidió convertirlo en instructor, en espera de que su comportamiento mejorara; sin embargo, el hombre parecía actuar cada vez peor.
…
Al arribar al sitio de los acontecimientos, Salvador y Teodoro pudieron vislumbrar a Cristóbal sobre una mesa, mientras sostenía un tarro de cerveza en la mano; a pesar de advertir su presencia, el hombre pareció no haberse inmutado, por lo que Teodoro no pudo evitar sentir que la ira le recorría el cuerpo ante semejante humillación.
—¡Cristóbal Salgado, no permitiré que te comportes de manera tan descabellada! —rugió, furioso, antes de añadir—: Te recuerdo que está prohibido beber alcohol dentro de las instalaciones.
Sin embargo, a pesar de la reprimenda, Cristóbal pareció no inmutarse, pues se limitó a decir en tono ecuánime:
—Teodoro, me pregunto si los rumores acerca del nuevo instructor son ciertos…
Ante sus osadas palabras, el hombre maduro respondió, sin mostrar ninguna emoción:
—Así es.
En ese momento, el semblante de Cristóbal se endureció por completo, al tiempo que aseveraba:

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