—Bueno, escuché que la verdadera identidad del nuevo instructor es el Señor Casas; de ser así, no tendremos ningún problema, ¡pues es el único que ha sido capaz de derrotar a dos guerreros con el título de Gran Maestro de las Artes Marciales en un solo encuentro!
—¡Ja, es increíble que creas esas tonterías! Si existiera un artista de las artes marciales tan poderoso en Ciudad Higuera, estoy seguro de que esas noticias no tardarían en haber llegado a oídos del resto de las naciones.
Entonces, las voces ininteligibles, provenientes de las conversaciones, inundaron la atmósfera, por lo que al percatarse de la caótica escena que se suscitaba frente a sus ojos, Salvador se apresuró a exclamar en tono enérgico:
—¡Silencio! —En ese momento, comenzó a sentir que la ira le inundaba todo el cuerpo ante su atrevido comportamiento; a pesar de que un silencio sepulcral pudo percibirse en aquel lugar, Cristóbal no tardó en intentar utilizar aquellas palabras para intimidar a Teodoro:
—¡Sabía que nadie permitiría que un mocoso les diera órdenes! —De pronto, dejó escapara una estrepitosa carcajada al terminar de hablar y tras lograr tranquilizarse un poco, continuó con voz burlona—: Bueno, si estás tan seguro de tu elección, sugiero que nos enfrentemos; solo así, podremos averiguar si en verdad es digno de arrebatarme el puesto. Te prometo que, si es capaz de soportar uno solo de mis taques, me iré de inmediato y no volverán a verme; de lo contrario, seré quien compita en el torneo internacional.
Al escuchar aquella arriesgada propuesta y antes de que Teodoro pudiera decir algo al respecto, Salvador exclamó con voz enérgica:
—¡Es increíble que seas tan arrogante! ¡Te aseguro que, si te enfrentaras al Señor Casas, acabaría contigo en un abrir y cerrar de ojos!
De inmediato, el semblante de Cristóbal se endureció por completo y tan solo un momento después, apareció frente a Salvador; casi al mismo tiempo, se escuchó un fuerte golpe.
¡Plaf!
Entonces, Salvador cayó al suelo, mientras lo miraba, atónito, con una mano sobre la mejilla; de pronto, la imponente voz de Teodoro resonó en todo el lugar al gritar, furioso:
—¡Cristóbal Salgado, no permitiré ni una más de tus ofensas! —Al mismo tiempo, tomó a Salvador del brazo para ayudarlo a ponerse de pie; tan pronto logró tranquilizarse un poco, el joven indagó, con voz entrecortada:
—General Jiménez, debemos llamar al Señor Casas de inmediato; ¡es la única manera de lograr controlar el comportamiento tan descabellado de Cristóbal!
Entonces, al notar que el hombre maduro permanecía inmóvil, Salvador se disponía a caminar, en dirección de la habitación de Jaime, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al sentir que alguien le ceñía el brazo con fuerza para detenerlo; antes de que pudiera protestar, Teodoro se apresuró a explicar, casi en un susurro:


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