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El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen romance Capítulo 137

Hugh se detuvo un momento y luego retomó su explicación.

Elowen anotó con esmero cada palabra.

Hugh se quedó mirando aquella caligrafía fina y elegante. Cassian sí que tiene suerte.

Cuando terminó la última indicación, Elowen cerró sus apuntes.

Hacía calor y, de tan concentrada, tenía una película de sudor pegada a la frente.

Bajó la vista al papel y, sin darse cuenta, se frotó la rodilla: el dolor le ardió con fuerza.

—¿Su Gracia tiene una lesión antigua en la rodilla? —preguntó Hugh de pronto.

Elowen alzó la mirada, sorprendida.

—¿Se dio cuenta?

Hugh negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces?

—Hace un tiempo recibí una carta de Su Gracia, apurándome para que regresara cuanto antes a Vanelle por un asunto importante. Y hace un rato, cuando lo vi, dijo que era para que yo le tratara las rodillas a Su Gracia.

Elowen se quedó sin palabras.

Con razón. En mi vida pasada, Hugh no había vuelto. Ahora regresó antes.

No porque Cassian despertara antes, sino porque se acordó de mi lesión.

—No se preocupe —continuó Hugh—. Se lo prometí a Su Gracia. Puedo curarle las rodillas de una vez por todas.

Dicho lo necesario, Hugh se dispuso a marcharse.

Elowen se levantó para acompañarlo, pero él le hizo un gesto para que no.

—En días de lluvia, seguro le duele más de lo normal. Por favor, descanse.

Elowen no insistió y le pidió a Cora que lo escoltara.

Bajó la mirada a sus rodillas.

El dolor seguía ahí, cada vez más punzante conforme arreciaba el aguacero.

No recordaba haberle mencionado jamás a Cassian lo de la rodilla. No sabía cómo se había enterado, ni por qué lo había guardado en la memoria hasta el punto de mandar traer a un médico solo por ella.

Parecía... que de verdad se preocupaba por ella.

...

En el ala del Príncipe Heredero...

Leonhart y Alaric estaban sentados junto a la ventana, con un tablero de ajedrez entre ambos. Leonhart sostenía una pieza y llevaba una eternidad con el ceño fruncido.

Alaric tamborileó los dedos sobre la mesa.

—Apúrate.

Tras una larga batalla, Leonhart por fin soltó la pieza.

—Me rindo.

Se dejó caer hacia atrás, agarró un cojín y lo abrazó, mirando la lluvia obstinada al otro lado del vidrio.

—Está cayendo más fuerte.

Como si de pronto se le hubiera cruzado una idea, murmuró:

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