Elowen observó, serena, cómo el triunfo en los ojos de Daphne se desmoronaba en un suspiro y se convertía en ira y humillación.
Una sonrisa apenas le rozó los labios cuando preguntó, adrede:
—¿A poco no estás de acuerdo?
Daphne se tragó el asco y forzó una docilidad impostada.
—Sí...
Solo entonces Elowen sintió que se le aflojaba un poco el nudo en el pecho.
—Duquesa, por favor, tome asiento —dijo Isla con una sonrisa afable.
Después de dejar bien claro su punto, Elowen no añadió nada; con la misma gracia de siempre, fue a sentarse a un lado.
Daphne se mordió el labio y se puso de pie.
—Majestad, si me permite retirarme un momento...
—Por supuesto, querida —accedió Isla.
Daphne hizo una reverencia respetuosa. Pero apenas cruzó la puerta del salón, la máscara sumisa se le cayó, reemplazada por una mirada ponzoñosa.
Apretó los dientes y masculló:
—Esa maldita...
—Mi señora —se acercó su doncella, Iris—. ¿Por qué no me doy una vuelta por la entrada del ala del Príncipe Heredero?
Daphne la miró con desconfianza.
—¿Y para qué? ¿O es que quieres que Su Alteza te vea a ti?
Iris negó con la cabeza a toda prisa.
—¡Ni lo sueñe! No me atrevería. No voy a toparme con Su Alteza; lo que quiero es que la gente del ala me vea. Así, Su Alteza sabrá que usted está en el palacio.
Daphne entendió al instante.
—Si Su Alteza se entera de que estoy con Su Majestad, seguro viene a verme de inmediato.
—Eso mismo —confirmó Iris—. Y si Su Alteza ve con sus propios ojos que la Duquesa la trata con frialdad, sentirá todavía más lástima por usted… y todavía más rechazo por ella.
Una sonrisa engreída se dibujó en los labios de Daphne. Le lanzó una mirada a su doncella.
—¿Entonces qué estás esperando?
—¡Sí, mi señora! —Iris sonrió y se fue a toda prisa.
...
En el ala del Príncipe Heredero…
Alaric estaba en su estudio, sentado ante el escritorio, pero con el ceño fruncido, mirando la lluvia del exterior como si no la viera.
Las palabras que Leonhart le había dicho el día anterior seguían resonándole en los oídos.
«Alaric, puede que el dolor de su rodilla no tenga nada que ver conmigo, pero sí contigo. Deberías ir a verla más seguido o mandarle algo, aunque sea un detalle. Al fin y al cabo, se lastimó por salvarte».
Lo de aquel día en la calle seguía grabado con una nitidez cruel.
Recordó a Elowen empujándolo a un lado, la rodilla golpeando el suelo con un impacto sordo y nauseabundo, dejándola sin poder caminar.
Recordó su propio pánico, esa preocupación que le apretaba la garganta.
Y también recordó cómo le sujetó la mano y declaró a voz en cuello:
—¡Me haré responsable de ti! ¡Te lo prometo!
Ese recuerdo no hizo más que inquietarlo. Se presionó la sien con los dedos.
—Cuando venía de regreso hace un momento, vi a la doncella de Lady Daphne afuera...
—¿No se supone que Lady Daphne está en el Salón de la Fiesta de la Cosecha? ¿Qué haría viniendo para acá?
Al oír el murmullo contenido de los sirvientes al otro lado de la puerta, Alaric se burló por dentro.
Daphne estaba en el palacio para escoger con su madre una fecha para la boda.
El Salón de la Fiesta de la Cosecha quedaba lejos de su ala. ¿Para qué mandaría a su doncella hasta aquí? ¿Para jalarlo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen
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