—¿Quién es esa muchacha?
—Es la hija del subsecretario de Obras del Rey. Una poetisa bastante hábil, dicen. Mala suerte que le arruinaran el trabajo.
—¿Y la que se lo arruinó?
—Ni idea. Vino con la duquesa de Duskmoor, ¿no?
—Lo vi todo. A mí me pareció intencional. Quizá la duquesa la incitó a ello...
—Oí que la duquesa era cercana al príncipe heredero...
Los murmullos se diluyeron en un silencio cargado, henchido de implicaciones tácitas. El ceño de Elowen se frunció.
Abajo, Sylvia suplicaba, con la voz espesa de forzada mansedumbre.
—Ya dije que lo sentía. Hasta te ofrecí mi poema. Lo rechazaste, lo llamaste malísimo...
—¡Deja de lloriquear! —le espetó la niña, empujando a Sylvia con fuerza.
Pillada con la guardia baja, Sylvia trastabilló varios pasos hacia atrás, al borde de caerse. Una mano firme le aferró el brazo, sosteniéndola. Sylvia volvió la vista hacia el rostro sereno de Edith, una doncella de alto rango de la mansión Duskmoor.
La voz de Elowen resonó, clara y autoritaria.
—Esta es una velada de versos organizada personalmente por Su Majestad, con la asistencia de Su Alteza el príncipe heredero. Nadie quiere problemas, así que no lo llamemos intencional. Sylvia cometió un error honesto y se ha disculpado. Acribillarla no ayudará a nadie y solo pone a Su Majestad en un aprieto. ¿Qué tal si lo dejamos así?
Todas las miradas se desviaron hacia Elowen. Todos los presentes sabían quién era: la duquesa de Duskmoor, cuya posición se había disparado en Vanelle, sobre todo ahora que el duque había despertado y su futuro lucía más prometedor que nunca. El rostro de la niña airada permaneció tormentoso. Apretó los dientes, pero logró un rígido:
—Su Excelencia.
Elowen ofreció una sonrisa conciliadora.
—Comprendo tu frustración. Te importa mucho el evento de hoy, por eso el accidente te disgustó. Pero el poema lo acabas de escribir. Las palabras deberían seguir frescas también en tu memoria. Tómate un momento para recordarlas. A veces, lo que rememoramos y reescribimos resulta incluso mejor que el original.
Habiendo hablado la duquesa con tanta sensatez, la niña no tenía fundamento para insistir. Le lanzó a Sylvia una última mirada venenosa antes de musitarle a Elowen:
—Le agradezco sus amables palabras, Su Excelencia.
Elowen asintió y luego le hizo una seña a Sylvia para que la siguiera. Primero se dirigió a Isla.
—Su Majestad, con su permiso, me retiraré un momento a refrescarme.
Isla lo concedió con un ademán.
—Ven conmigo —le dijo Elowen a Sylvia, con un tono que no admitía réplica.
Sylvia soltó un apagado «Sí, Su Excelencia». Mientras Elowen salía de la sala, los murmullos volvieron a brotar a sus espaldas.
Isla se inclinó hacia Alaric, con una sonrisa cómplice en los labios.
—La duquesa Elowen lo hizo a propósito. Removiendo las aguas para llamar tu atención: quiere casar a la muchacha y meterla en el Ala del Príncipe Heredero.
Alaric había llegado a la misma conclusión. Sus ojos se oscurecieron.


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